lunes, 25 de octubre de 2010

Used to...

You used to see in me
You used to see everything
Now I´m all alone
Standing here by the phone
Just waiting for your call
Hoping nothing at all
Cause everything is at its end
And I wish we could still be friends

Crying in my sleep
Wishing that some how
How could I persist?
There is nothing more now
How can I resist?
Your lips are my death, dear
I can not exist
Without you near

Now is not the time
My pain is in the rime
Can you hear its song?
Even if I did wrong
I want you to know
I have always loved you so
And for that I'll suffer
Suffer forever more

Even though I wish you well
I want us to say farewell
My heart cant stay with you
I hope you see this too
'Cause nothing was what it seemed
Though my life is incomplete
I can't have you now
Now nor never

So we'll have to stay apart
You don't believe it breaks my heart
It hurts to see you gone
But I have accepted
It's fallen apart

I have comprehended and ended
My feelings, surrendered
There's no sense to call
'Cause I have really done it all

sábado, 9 de octubre de 2010

Oh! my love...

What do you do, when the tough gets tougher?
What should I do, when you've got another lover?
Oh! what do you do? Oh! my heart is breaking in two
For you.

Can't you hear that the phone keeps ringing?
Can't you see that the hours are ticking?
We cant live a life, a life that isn't real
Oh! and it's so sad because of what we feel

I'm a cat
Just waiting to pounce
You, a dog
Stray and just running around

Do you know?
I haven't forgotten you
Yes, it's true...
I can't be free

Every time you're here
My knees turn weak
And I can feel my mind bleak
But still I wish and wish

The only thing I can say is Goodbye
Can't remember the reason why
Can't remember you
Why? Oh why!?

Because, why should I...?
its all said and done
Why should I...?
I can't be the one

Even though my heart is pure
My love, true
Told you once and twice
Now look at you...

Why should I...?
Can't accept
Can't refuse
I'm in a depth

And all because of you

lunes, 4 de octubre de 2010

La Ninfa del Bosque, Capitulo Los Chevalier

Sintió como el agua corría por sus manos, terminó de lavar los platos con destreza.

Le gustaba ayudar en casa porque la señora Chevalier no podía, era demasiado frágil para hacer la limpieza, era una señora mayor que había vivido una vida de ama de casa, también era la madre de Adam y Janette. Ahora ella se encontraba junto a la ventana, como siempre, mirando al cielo,o tal vez, a nada.

Su hijo, Adam, era un joven soldado de sus majestades y muy respetado por su supervivencia en la batalla de Creuse. En ese lugar la había encontrado, sola e inconsciente dentro del bosque, totalmente vulnerable ante la batalla que se llevaba acabo al exterior. Adam contaba la historia siempre con brevedad, no recordaba bien los sucesos, al igual que ella no recordaba nada en absoluto.

Pensaba que era sorprendente no poder si quiera recordar su nombre; Adam si lo recordaba, la llamaba Relena. A pesar de no recordar su pasado, no sentía ningún interés en recordar, ni pensaba que fuese necesario. Vivir con Adam y su madre la hacían sentirse segura y tranquila, no deseaba nada más que permanecer junto a ellos. Secó sus manos, al instante escuchó la puerta, al abrir se encontró con Janette, ésta entró sin saludar y se arrodilló al lado de su madre para susurrarle algo en el oído. Ella siguió con sus tareas sin darle mucha importancia a la presencia de la visita.

Janette no parecía muy de acuerdo con la idea de que la chica perdida permaneciera en aquella casa, desde el primer momento en que la vio sintió desconfianza, pero nunca se mostró cruel porque sabía muy bien que Adam sería alguien que ella no quería enfrentar. Estaba casada ya hace un tiempo con un Lord, lo cual no era poco; su matrimonio la llenaba de orgullo. Su marido, Fernán, era un hombre justo y amable, lo amaba tanto que le costaba respirar a veces, le impresionaba sentirse así porque no era de las que creía en el amor, sin embargo allí estaba ella enamorada de su marido y sintiéndose amada por él.

- Relena, ¿le has servido la comida a mamá? -su tono fue algo forzado pero se notaban sus esfuerzos de suavizarlo, en la palabra "mamá" su rostro sacó una sonrisa - algo malévola- pensaba la chica.

La señora Chevalier la agarró del brazo, claramente reprimiéndola por su tono irrespetuoso.

-No seas tan fastidiosa Janette, no es necesario que te pongas así ¡qué ya voy a comer! -su voz ronca habló entre su tos, se paró de su silla y se sacudió el regazo. Miró a Relena y le hizo un gesto que ésta entendía, se acercó a la anciana, la ayudando hasta el comedor. Janette las siguió, angustiada por su madre.

- Madre, ¿no crees que sería mejor vivir conmigo? puedo tener personas cuidando de ti, ayudándote constantemente -le sugería nuevamente Janette. Desde hace tiempo le proponía lo mismo, estaba decidida en llevarse a su madre de aquella casa, pero la Sr. Chevalier quería quedarse con Adam, si ella se marchase su hijo viviría solo.



Adam Chevalier, al otro lado de la ciudad, caminó a través del arco, este era la entrada principal del palacio. Su cuñado lo había mandado a llamar, él pertenecía a la corte y ser convocado era algo muy importante. El rey no estaría presente, de eso estaba seguro Adam, normalmente su Majestad no se presentaba en la corte.


Él admiraba mucho a su rey, le guardaba un profundo respeto, a pesar de no conocerle. Miró el escudo de la dinastía, poseía rayas diagonales azules y dorados, en el centro una corona de oro con la espada real del fundador de la dinastía. Orgullo brotó de su interior, ese era su destino. Pelear por su reino.

Entró en la gran sala, para su sorpresa, estaba complemente vacía, sólo dos figuras se vislumbraban al final de la sala. Caminó con cabeza en alto sobre la estrecha alfombra roja, extrañado por lo privada que era aquella convocatoria. Al acercarse más a las figuras pudo notar que no sólo estaba su cuñado, junto a él se elevaba imponente la figura del rey.

- Su... su...su Majestad -logró susurrar para si antes de arrodillarse en el suelo en reverencia.


- Vaya, vaya... parece que mi presencia te ha sorprendido un poco, joven soldado -sonrió él con carisma. Le debió haber dado gracia el llamarle "joven soldado" pensó Adam, ellos eran de la misma edad.


- Su Majestad, creo que hay algo que debemos darle al Sr. Chevalier -Fernán también sacó una sonrisa, ya Adam se estaba sintiendo nervioso.


- Cierto... No quería dártelo de esta manera, hubiese preferido una ceremonia parecida a la que hicimos para los soldados que llegaron de Creuse... pero Lord Fernán me ha detenido, me informó de que no te gustaban ese tipo de ceremonias tan públicas -habló el rey algo desilusionado, todos sabían que le gustaba tener escusas para hacer un gran banquete, era la mejor manera de practicar su deporte favorito, el seducir mujeres.


Adam no podía ni hablar ante el rey, nunca habían estado tan cerca uno del otro. El rey parecía un hombre simpático, le gustaba hablar con mucha elegancia, parecía pronunciar cada palabra con extremo cuidado y con un acento muy marcado. Las mujeres normalmente caían ante él por ese tipo de trucos.


Presentaron una medalla frente a Adam, era una especie de estrella de oro, se encontraba dentro de una caja de un aterciopelado rojo. Rozó el oro, sintiendo el frío contacto con el metal. Cerró sus ojos y recordó el olor a sudor y sangre, los gritos de soldados agonizando y el rugir de las espadas en combate. Un dolor alocado lo abatió.


- Sé que debió ser duro... Esta medalla es la prueba viviente de que tanto yo como Dios hemos reconocido los terrores que has vivido y hemos perdonado los pecados que hayas podido cometer -Adam miró fijamente al rey, brillaba en sus ojos una fuerte admiración.


El rey sintió afecto hacia aquel soldado fiel, le alegraba saber que tenía tan fieles soldados a su poder. Tal vez si tuviese a una buena reina, su reino estaría completo.

sábado, 25 de septiembre de 2010

La rutina monótona

Era primavera, ante mí los arboles florecían lentamente. Solía caminar esa calle siempre para llegar al colegio, caminaba sola aunque antes venía mi hermana mayor conmigo.

Mi hermana ahora va a la universidad y no la veo muy a menudo, pero siempre me gusta recordar como ella tomaba mi mano para cruzar la calle, siempre sonriente, siempre ella misma. Hoy en día, cuando la veo no hay una sonrisa en su cara, ella trata de mostrarme una, sin embargo se notan sus esfuerzos; ella me hacía pensar que la vida en la universidad era mucho más dura que en el colegio, comencé a temerle a la idea de graduarme.

Era una mañana como cualquiera, trataba de sonreírle a la vida a mi manera mientras caminaba. Hacía algo de frío y me sentí lista por traer mi suéter, mientras estaba cerrándole el cierre surgió detrás de mí una sombra. De repente, unas manos pellizcaron mi cintura y brinqué exaltada.

- ¿Por qué te asustas tanto? No seas tonta -se burlaba Maribel de mi reacción cruelmente.

No me sorprendía tanto descubrir que había sido ella, me hacía lo mismo casi todas las mañanas y aún me pillaba desprevenida. Desde que yo había comenzado a estudiar en ese colegio Maribel había sido mi amiga, eramos muy unidas, ella venía a mi casa cada vez que podía y pasaba el día entero allí conmigo haciendo prácticamente nada, aunque teníamos nuestros hobbies, tales como mirar el techo, preparar postres, mirar el techo de nuevo, luego ver la tele y....mmm... bueno algunas veces salimos en bici a pasear. Bueno no eramos muy divertidas...

Nos acercábamos a la entrada cuando a nuestro lado pasó un carro, lo reconocimos rápidamente, era de uno de nuestros compañeros de clase. Se llamaba Diego, no le conocía tanto pero si nos llevábamos bien. Él siempre llegaba a clases junto con otro chico, su nombre lo desconocía pero su cara si la reconocía en los recreos, y era muy atractivo, o por lo menos, eso me parecía a mí porque Maribel no estaba muy de acuerdo.

Dentro de la clase, arreglé los libros de la primera materia de la mañana, no me sentía con muchos ánimos de estudiar pero, en realidad, nunca estaba de muchos ánimos para estudiar. Frente a mí se sentó, como siempre, Ignacio con su mochila negra, era un buen chico y uno de mis amigos más cercanos; lo cierto era qué Ignacio era muy tímido con los demás, no acostumbraba a socializar demasiado. Claro que conmigo no había mucho problema, yo le había zarandeado esa timidez hacía tiempo ya cuando se trataba de hablar conmigo.

- Ignacio... por casualidad... tal vez... tú... bueno... emmm... -no terminé de decir algo avergonzada.

- ¿La tarea? ¿De nuevo? -habló con sarcasmo en su voz, le gustaba burlarse de mí en mis momentos de debilidad. Vio la expresión de frustración que puse y rió, siempre se reía de mis expresiones.

- Ok, ok... Tienes razón, no me digas nada, yo sé que no hice la tarea, pero... es que... se me olvida -le dije poniéndole mi mejor carita de puchero. No me sorprendía mucho verlo burlándose de nuevo, me irritaba un poco pero él tenía su propio tipo de humor que no todos entendían.

Varias veces había escuchado de Maribel - y de otros - que Ignacio gustaba de mí, pero la verdad es que yo sabía que no era así. Él me apreciaba mucho pero no me veía de esa manera, no todos le entendían, por supuesto que yo no era "todos", yo era su amiga y capaz siempre lo seria.

La clase fue rutinaria, yo no podía esperar hasta que sonara la campana y me parase de ese incomodo pupitre. No tenía ni idea en que clase estábamos, sólo estaba consciente que era la clase del prof. "buenote" - y si buenote era mi apodo personal para él, no sólo porque no me tomaba la molestia de enterarme de su apellido sino qué era el profesor más guapo de todo el colegio-, y allí estaba el prof. "buenote" dando su clase con todo sus "materiales" -bueno en la realidad si tenía casi todos sus materiales allí, fuera de cualquier contexto vulgar-, era apasionado en dar clases y casi siempre se le veía con mapas, folletos, pancartas... No era mi clase favorita, pero probablemente a la única que le prestaba atención.

Sonó el timbre y mi corazón se detuvo de la alegría, -comida- pensé sin remedio. Ignacio parecía que pensaba lo mismo que yo. Maribel ya había salido con los demás así qué me fui con mi compañero a comer en la cafetería.

Los recreos eran mi tiempo preferido para terminar de copear las tareas y comerme algo, también solía mirar a los diferentes estudiantes que andaban por allí, -normalmente los más atractivos-; sin embargo a Ignacio este pequeño deporte no le parecía muy divertido, bueno él tampoco era el típico chico que miraba mucho a las mujeres, y cuando lo intentaba se ponía rojo, -lo sé, algo tonto para su edad pero yo siempre buscaba maneras de estropear su inocencia obligandole a mirar a las chicas-.

Allí estaba "el chico" paseando con su grupo, era el chico que había llamado mi atención desde mi llegada; era alto y delgado, tenía ojos azules y cabello marrón, tenía algunos pircing -normalmente eso no me parece muy masculino, ni atractivo, pero por él seguramente haría una excepción-, también tenía labios carnosos, y sobre todo, todos decían que era muy simpático.

- Hey... Hey, ¿Estás bien?... ¿alo? ¿me escuchas? -la voz de Ignacio a penas llegaba a mis oídos, eran como un murmullo lejano.

Mi miraba y mi atención la habían capturado mi futura presa; claro qué esto no era suficiente para detener a Ignacio de demandar atención. Un libro aterrizó en mi cabeza de golpe, casi tumbando mi té en el suelo. El chico me había estado mirando fijamente hasta justo en ese momento, al ver mi golpe con el libro se rió como loco, los de su grupo quedaron mudos sin entender que le sucedía.

-Dios que... que humillante... wow... adiós presa... - pensaba avergonzada por mi torpeza, al instante me volví furiosa buscando quién había sido el imbécil.

-Disculpa, no quería tumbar tu té, pero es que... como no me respondías, me impaciente -dijo Ignacio haciéndose el inocente.

- Te voy a matar... -le susurré mirándole con un odio fuera de lo normal. Ignacio enseguida se asustó sin entender bien que había pasado- ¿Por qué me había molestado tanto por el té?-.

- ¡Hola! ¿Qué hacen? -preguntó Maribel que apareció de la nada y cuando me fui a dirigir a ella, de una manera casi milagrosa Ignacio desvaneció de la escena del crimen.

- ¡¡Ahhh!!... Dios... tiene suerte de que seguirá con vida -musité al fijarme en su desaparición. Maribel me miró como si sufriera de esquizofrenia por un momento.

- Luego te cuento... ¿Y qué has hecho este recreo que no te he visto? -pregunté por preguntar, estaba todavía algo afectada por mi imposibilidad de conseguir quedarme con los chicos que más me gustan.

- Nada, sólo fui a sacar unas fotocopias de unos ejercicios para la siguiente clase -mi corazón se detuvo de golpe al escuchar "fotocopias de ejercicios para la siguiente clase", ahora si deseaba golpearme contra un muro sólo por diversión, ya que mi cerebro estaba temporalmente vacío, tal vez golpearme contra algo no me lastimaría, -¿Quién sabe?- pensé.

- Grandioso, otra cosa que se me ha olvidado hoy... creo que voy a tener que anotar todo lo que debo hacer más a menudo -me decía a mí misma, Maribel se rió un rato y me entregó una hoja. El timbre sonó fuerte y todos corrimos ha hacer filas.

- ¿Los ejercicios?.... me.. ¡Me los imprimiste! -dije con alegría, la abracé y sentí un aprecio profundo por tener amigos que comprendían lo despistada que tendía ser.

- Bueno en realidad te lo fotocopie, pero no te preocupes tanto, no eran tantas hojas -decía ella tratando de salvarse de mi alabancia a su persona.

Era clase de biología, me encontraba con el libro abierto haciendo los ejercicios de la hoja, teníamos que explicar algo sobre una planta - sólo Dios sabría exactamente que quería la profesora-, nunca me enteré bien de como nos evaluaba porque pasaba la mayoría del tiempo hablando con sus flores.

Maribel me hizo un gesto desesperado, pidiéndome en su extraña clave morsa que hiciese algo por ella, trató de mover la boca esperanzada de que la entendiera, pero yo no era muy buena para ese tipo de adivinanzas, terminó escribiéndome en una hoja.

-Necesito mi planta, pero me da miedo pedirle a la prof. que me deje ir a buscarla, ¿podrías buscarla por mi?- se leía claramente en la hoja. Mi primera reacción fue de asombro -¿como demonios pensaba ella que yo le iba a entender eso en señas o leyéndole los labios?-, mi segunda reacción fue la de una pesades en mi pecho; esa prof. odiaba casi a todo el mundo, incluyendome, y si quiera hablarle me provocaba terror, pero ya le debía a Maribel por mi fotocopia, tenía que cumplir con el favor.

- Disculpe prof. Mara, ¿puedo bajar un momento a nuestro salón? debo buscar mi planta que se me quedó abajo -su mirada penetrante me puso los pelos de punta, sabía claramente que quería matarme por interrumpir su clase.

-Apúrate -sólo dijo eso, como si fuese una mosca molesta, -¡Que miedo!- pensaba al salir de clases.

Bajé las escaleras del laboratorio, iba muy a prisa, temiendo que el monstruo que me daba clases me cerrará la puerta en la cara -eso no sería nada nuevo-. Saltaba escalones para llegar antes, y en uno de esos saltos tropecé.

No me había enterado bien de que pasó porque del susto cerré los ojos, sin embargo los brazos cálidos de un chico me hicieron abrirlos. Al parecer no me había caído del todo, había tropezado contra él y eso me salvó de darme una buena matada. Mis manos se posaban sobre su pecho, me alejé un poco avergonzada por haberle casi caído encima; mis ojos se agrandaron al ver quién había sido el chico.

- Ehmm... Hola... disculpa, yo... yo soy muy torpe -traté de explicarme. Él me miraba fijamente como si estuviese tratando de recordarme.

- ¡Ah! ya sé quién eres tú, ¿No eres la chica que le pegaron un libro por la cabeza? -preguntó con una sonrisa burlona en la cara. Mi vergüenza se había mezclado con un toque humillación e ira.

- Pues sí, ¿Qué? ¿Acaso te entretiene mucho burlarte de mi torpeza? si quieres aprovechas ahora, casi te tumbo por las escaleras... -le respondí entre risitas sarcásticas, yo estaba a la defensiva, odiaba su actitud, no me gustaba la idea de que se burlase de mí.

-No me lo tomes a mal, ¿vale?... Sólo para que sepas, a mí si me entretiene mucho mirarte -dijo de la nada con una sonrisa pícara; me dejó, metafóricamente, con la mandíbula suelta por asombro -¿Realmente le gustaba mirarme?, acaba de admitir que me solía mirar...- pensaba mi cabeza a la vez que trataba de arreglar mi camisa medio arrugada.

- ¿Te gusta mirarme? mmm... sabes qué dicen por ahí que tú tienes novia -le lancé una puntada, fui directa pero normalmente no me gusta estar con hombres que tienen novia. Él parecía seguro e imperturbable, mantuvo una sonrisa tan atractiva como provocativa.

- ¿Ah, sí? Bueno la gente dice muchas cosas, porque eso es mentira -dijo sin muchas vueltas y su manera de decirlo tenía como una invitación oculta que decía -¿acaso estas interesada en el puesto?-. -Yo hubiese apostado una fortuna que él iba a usar esa frase en ese momento si yo sé lo permitía-.

-Sí, es cierto que la gente inventa mucho, entonces tal vez será mentira también que tú eras muy simpático ¿no? -no estaba muy segura que jueguito jugábamos, pero estaba segura de que me entretenía bastante.

- No lo sé, ¿no te gustaría averiguarlo tu misma? -propuso él con bastante claridad. Yo no era tonta y sabía muy bien que se estaba acercando para robarme un beso, uno que la verdad no quería negarle.

- ¿¡Qué haces!? te estaba buscando por todos lados... ven -dijo una chica subiendo por las escaleras y jalandole del brazo, él se dejó llevar pero no paró de mirarme.

La presencia de la chica para mí fue como un baño de agua fría, no sólo por la confianza que parecían compartir, sino porque era precisamente una chica que odiaba desde que la vi y sabía, por su manera de mirarme en ese momento, que era un sentimiento mutuo. Sus ojos me dijeron -aléjate, él es mío-, y el mensaje estaba bastante claro, no tenía ni la menor duda.

Cuando bajaban las escaleras, la escuché llamarle por nombres coquetos y él le seguía el juego. Fuego parecía haberse formado en mi interior, un odio hacía él por patán y ella por ser mi enemiga. En aquel colegio era imposible encontrar una buena presa, todas eran atrapadas por perras hambrientas como aquella chica.

Mi enemiga era muy bonita, tenía ojos verdes y grandes, un cabello sedoso y caramelo, sus labios eran atractivos y rojizos, no poseía las mejores curvas pero su cara bonita la llevaba lejos. Se llamaba Gabriela, como la detestaba, ella y su voz pedante y chillona, típica mujer que se cree el centro de atención.

Casi grité en mitad de las escaleras. Aún no había buscado la planta. La prof. Mara me iba quemar viva con toda seguridad -adiós dulce vida- pensaba al regresó a clases de biología con la planta en mano.

viernes, 20 de agosto de 2010

La Ninfa del Bosque, Capitulo Adam en el bosque

En su bella mirada amarillenta descubrió nuevamente lo que era amar. Fue un destello repentino, como un rayo cegador que la dejó anonadada. Y en su risa, tonta y escandalosa, vio una inocencia casi juvenil.

Añoró con todas sus fuerzas que la amara de vuelta tal criatura tan preciosa. tan peculiar. Aunque la verdad es que no podría hacerlo... ¿él amarle a ella?, era imposible, una fantasía, una catástrofe.

Él miraba correr el agua del río, salpicaban gotas frías contra las rocas en su camino. Era un fuerte soldado, por lo menos, eso decía él. Ella no había comprendido bien el concepto de soldado, él tuvo que explicarselo de una manera simple; él se encargaba de proteger a algo o alguien, como una dinastía. Relena no conocía el significado de dinastía y él no parecía poseer gran paciencia para explicarle.

Sus heridas habían mejorado notablemente desde que lo encontró junto al río. Aún se encontraba débil, pero la llaga sangrante que había padecido era ahora inexistente, ni horribles marcas habían quedado en su piel; gracias a su medicina, ella lo había salvado de una muerte segura.

Lam se mantuvo al margen de todo, no quería estar cerca del humano. Relena lo había desobedecido, había salvado al posible causante del incendio en el bosque y cuidado de él con cariño. En una lejana colina, Lam los observaba a ambos, charlando junto al río, la pequeña y elegante figura de Relena y la robusta forma del humano a su lado. Angustia martillaba en su pecho como una daga.

— ¿Hay otras mujeres como usted en este bosque? —preguntó el humano con curiosidad, se incorporaba del suelo y sacudia las hojas atrapadas en sus pantalones.

— Mujeres... ¿mujeres?... ¿Qué es mujeres? —ella se notaba confundida y desorientada con la pregunta, pero esto no le sorprendía a él, ella la mayor parte del tiempo le parecía perdida y desorientada, como si la chica hubiese vivido toda su vida en una burbuja, o pensándolo mejor, en ese bosque. Era un milagro que siquiera hablara su idioma.

— Olvida la pregunta.... por cierto, mi nombre es Adam Chevalier ¿y el suyo? —era la primera vez que lo escuchaba hablar tanto, la mayor parte del tiempo había estado inconsciente o delirando en sus sueños, la enervaba un poco lo conversador que parecía su compañero, nadie en el bosque había querido charlar tanto con ella como él.

— Relena... me llamo Relena... —se acercó lentamente, le gustaba mirarla, mirar sus delicados ojos llenos de pureza y sus labios carmines, era una joven extraña, demasiado extraña. A penas llevaba ropa, unas pieles cubrían su cuerpo, Adam no sabía como reaccionar ante tanta falta de sentido común.

— Temo que pertenecemos a mundos totalmente diferentes... no debo permanecer mucho tiempo aquí o me creerán muerto —desvió su mirada y se paró en seco. Era difícil no pensar las cosas que pensaba, era bastante difícil no sentirse atraído por ella. 

— ¿Mundos diferentes?... si tienes toda la razón, pero no sabía que supieras que yo... Bueno, supongo que debes marcharte pero ¿cuando? aún esta muy débil —la observó en silencio de nuevo, en su pecho ardía un sentimiento totalmente desconocido, tal vez era un deseo descontrolado, tal vez era más que eso. Verla en su totalidad, ella, un ser inocente, ignorante del mundo exterior, hermosa y cariñosa; todo esto lo hacía sentirse atraído, seducido por completo por el misterio de ella, por su simple belleza, por su natural amabilidad.



Ella lo dejaba a solas en la cueva por las noches, se desvanecía entre los arboles, no regresaba hasta el amanecer y eso le preocupada. ¿Pensaría ella que él deseaba aprovecharse de su inocencia? ¿o sería que existía otro refugio en donde ella descansaba?... Relena no le había revelado nada aquel día, sólo le había mirado con curiosidad, como si él fuese un ser de otro mundo, que a lo mejor lo era para una joven que vivió toda su vida en el bosque. Deseaba llevársela consigo, llevarla a su mundo, ha aquel mundo civilizado en el que la presencia de Relena brillaría como un diamante en bruto.


En la colina, reposaba aún Lam, y a su lado, Relena se bañaba en la luz de la luna; su cabello rubio y su iris azul se tornaron color negro bajo la noche fría.

miércoles, 11 de agosto de 2010

Los deseos secretos de la soledad

Enciéndeme, enciende mis labios con tus dulces besos
Despiértame de este eterno ensueño,
paso noches enteras en vela
solo soñando, solo añorando
la tentación que me provoca el recuerdo
el desenfreno alocado de mi cuerpo
la rebeldía de mi mente corrupta
alimentándose en imágenes de ti

Llora mi corazón ansioso
aspirante de afecto,
iluso y desgastado
que con sólo un leve roce,
palpitante, ensordece toda razón,
y encontrando nada más,
solo deseo, crudo deseo
insaciable como el tuyo

¿Qué dirían aquellos?
en pasados que solemos olvidar
que queremos olvidar,
y en mi alma desnuda vi sólo pasión,
el calor de un cuerpo en busca de caricias
que sólo proporcionan la noche fría,
la indiferencia de la vida,
la tristeza de la soledad en mi recamara...

martes, 27 de julio de 2010

La Ninfa del Bosque, Capitulo El poder y el amor

A penas podía respirar. La herida demasiado profunda para sanar.

No había sol en el cielo, sólo una densa niebla lo cubría. ¿Sería su fin?...

La llaga ardiente en su pierna derecha lo hacía rugir de dolor. Posó su mano sobre el centro sangrante y presionó con todas sus fuerzas restantes, desesperado por no perder demasiada sangre.

Su propia respiración lenta y jadeante lo enloquecía. No había escapatoría y él lo sabía... todo había acabado. Una repentina brisa erizó sus vellos, levantando tierra consigo que lo envolvió de pies a cabeza.

Escupió la tierra que había tragado con desagrado. Añoraba escapar de allí, alejarse de ese campo de batalla abandonado, pero no había manera de hacerlo, no con su herida.

¿Qué estaría haciendo ella ahora? Su bella esposa, su Relena, debía de estar tan preocupada por él... debía de estar tan sola...

— Debo regresar por ti, sólo por ti —se dijo a sí mismo.

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Estaba sentada en su sillón, miraba su rostro en el espejo. No sentía nada, no sabía nada, no era nada.

Los días habían pasado tan de prisa que a penas sabía en que mes estaban. Su vida había tomado un giro tan inesperado, tan alocado... ya no sabía quién era, ni lo que hacía...

La recamara estaba hermosamente decorada para ella con flores. Él le gustaba darle flores, le gustaba verla rodeaba de ellas, cubierta en ellas. Él vendría a verla nuevamente, él lo había prometido; no le gustaba dejarla sola por mucho rato, estaba demasiado enamorado de ella para eso.

Su mano tembló al pensar en él. Lágrimas corrieron por su rostro al recordar sus ansiosos besos. Él no la amaba, no podía ser cierto.

— ¿Relena?... ¿en que piensas, mi reina? —preguntó él.

Estaba allí, y ella por estar distraída no lo había escuchado entrar. Su corazón se cargó de emociones, confusas todas; pero al mirar su rostro, su bello rostro, sintió que todas sus dudas desaparecían.

— Yo... yo sólo recordaba... recordaba a... —tartamudeaba, temorosa de pronunciar su nombre, temerosa de insultar al hombre a su lado.

— ¿Tu marido?... ya te dicho que murió en combate, le apuñalarón el corazón... no puedes seguir torturandote con esta historia... una y otra vez... —movia sus brazos con exasperación, perdía la paciencia cada vez que ella mencionaba a aquel hombre.

Relena tapó sus ojos, no quería llorar y menos en frente de él. No podía evitar sentir que traicionaba a su marido, que a pesar de estar muerto ella aún sentía que vivía.

— Pondría toda la corte a tus pies, si eso evitara que derramaras otra lágrima —se arrodilló delante de ella, tomó sus manos en las suyas y las beso con ternura.

El dolor que hacía unos instantes la apuñaló ahora se había desvanecido. El rey tenía un poder de seducción muy intenso, su mirada la dominaba. Ella era la amante del rey, y si todo marchaba como él planeaba, ella sería la reina.

Él la tomó entre sus brazos, acariciando su rostro besó con descontrolada pasión a su amada; ella se entregó sin más remedio a aquel delicioso ser. Pero aún en su interior quedaba esa sensación vibrante de que su marido, donde sea que estuviese, estaba vivo.

miércoles, 21 de julio de 2010

En el balcón de mis sueños

Allí estábamos, él y yo, arrinconados por nuestros propios sentimientos. Ahora expuestos ante nosotros mismos, ¿podríamos negarnos la verdad? negarnos lo que realmente sentimos...

Hace años, en la juventud de nuestras mentes ingenuas, de mis labios se escaparon un "te amo", y de él surgió mi vida. Fue como si naciera nuevamente, el mundo entero estaba a mis pies y yo tenía control sobre él.

Al recordar las cosas como fueron, nunca pronuncié tales palabras, jamás dejé que se escaparan de mi boca. Y en mi silencio, sufrí por su constante indiferencia, por no habérselo confesado, por tratar de ser más fuerte.

De nuevo estoy allí, en ese momento en que me miraba, y en aquella mirada profunda, en la que me solía perder, lo descubrí... vi con mis propios ojos que... era él...

Suspiros solos llenaban el silencio de la noche, y en mi desgarradora pasión insatisfecha añoré con toda mi alma estar así por siempre. Roces delicados, tan frágiles que erizaban la piel... corrientes, constantes corrientes de electricidad le seguían a su contacto.

¿Dónde estás ahora?... ¿A dónde te has ido mi dulce perfección?... te quiero de vuelta... haría lo que sea por tenerte... pero nunca será así... ¿verdad?

El frío y un lirio

Y el mundo había caído en desgracia.

Sola en aquella habitación, tembló de frío. La ventana estaba abierta, pero no la deseaba cerrar. Añoraba que por un instante todo fuese diferente, que todo cambiara, fuera de cierta manera un mundo mejor... que su mundo fuera mejor.

Y su mente vagaba a aquellos viejos recuerdos, casi olvidados, de un día que sintió algo, algo que parecía ser, sin duda alguna, verdadera felicidad. Un destello de esperanza lleno su corazón por unos segundos, que con fervor saboreó.

Su cabello despeinado y descuidado sobre la almohada. Su cuerpo endeble reposando entre las sabanas.

—¿Qué ha sido de mí? ¿En este oscuro cuarto guardaré mis penas por siempre?, este cuarto que es mi alma —pensaba en su inmovilidad.

A su lado, una mesita de noche, y en ella, un hermoso lirio se erguía con elegancia, junto a ésta, su diario en que anotaba cosas sobre días sin sentido pero llenos de emociones.

—... mi dulce compañía, no me desampares... ni de noche... ni de día — corrieron suaves lágrimas por sus mejillas. Era eso como se sentía. Así se sentía de verdad... la verdadera soledad.

jueves, 25 de marzo de 2010

Capítulo El Conde Lobachevski

La mansión rechinaba en las noches. El sol desapareció bajo el horizonte, la ciudad calló en un silencio profundo, el silencio de la media noche.

El tic toc de su imperioso reloj le recordaba la hora. Sí… era la hora. Postrado en una silla con su cabeza echada para atrás descuidadamente.

Bajo la luz de las velas, en la penumbra de la biblioteca su ser perdido contaba los segundos, estrechando su mano lentamente rozó con la punta de sus dedos las teclas del piano. Una corriente de éxtasis recorrió su cuerpo, vibrando sus labios respiró con dificultad, gruñó al estremecer sus extremidades. Le encantaba el piano, apenas pensar en tocar le emocionaba. Se incorporó perezosamente de su sillón.

En su biblioteca había estanterías repletas de libros polvorientos y muebles aterciopelados. La chimenea estaba apagada, sólo había unas cuantas velas dispersas al azar. No había nadie más en su mansión, sólo él…

— Tranquila pequeña mía, tranquila…sshh… —le dijo al piano pero no dirigiéndose a él.

— ¿Recuerdas? Recuerdas esa velada…mmm… yo recuerdo, recuerdo tanto tu expresión —musitó en su soledad.

Se sentía tan excitado, por primera vez en mucho tiempo su cuerpo clamaba por una liberación divina. Todavía sentado en su sillón, le sonreía con picardía a la nada.

— No tengas miedo… no, amada mía, ven conmigo…sshh… sólo ven —dijo con un tono seductor, incorporándose caminó unos pasos atolondrados hasta salir de la habitación, aún murmurando palabras amorosas.

Parado frente a un pasillo escarlata iluminado tenuemente, en él rechinaba la madera a su paso. Al adentrarse en el pasillo apoyaba sus manos contra las paredes para mantenerse en pie. Se detuvo ante las escaleras del sótano, su umbral era tan sombrío que los escalones parecían desvanecer. Él no le temía a la oscuridad, todo lo contrario, le daba la bienvenida.

Las sombras cubrieron todo, sus pasos hacían eco al bajar, un olor a humedad y putrefacción llegó a sus narices, y en el denso silencio se escuchó un gemido.

Una deliciosa emoción lo capturó. Escuchó de nuevo un leve gemido. Bajó más de prisa, sin poder controlar la adrenalina en sus venas.

El sonido... ese sonido...

Gemía la criatura en una esquina. Sólo se visualizaba la silueta de la joven, su ropa sucia y desgarrada, la mitad de su rostro cubierto por su cabellera. Miraba al infinito y en sus ojos el reflejo de un vacío eterno.

Al intuir la presencia de su opresor, su cuerpo tembló bajo los harapos sucios que lucía. El hedor a orina y excrementos inundaba el sótano.

Él sonrió al observar su bella presa, la pestilencia que la rodeaba inyectó más ardor a su pequeño juego. La quería tanto, no podía ni mirarla sin sentir una pasión descontrolada. Trató de acercarse.

Sin embargo, ella se arrastró con desespero. Pegándose a la pared de piedra comenzó a rasgarla con sus uñas desgastadas y sangrantes.

— Shh... tranquila... Sé que te he dejado mucho tiempo sola... Lo sé... me imaginé que te hacía falta —dijo dulcemente.

Admiraba lo hermosa que era, a pesar de toda aquella suciedad él pensaba que permanecía tan pura, tan virginal. Ella pareció no escucharle, pero no le importaba que lo escuchase.

Él se dirigió a otra esquina, donde se encontraba un balde lleno de agua mugrienta. Botó el agua en una alcantarilla y llenó el balde de agua limpia. Guardaba bajo las escaleras una pequeña bañera, la arrastró hasta tenerla frente a ella. Tomó el balde de agua y llenó poco a poco la bañera.

La chica lo observó con curiosidad, extrañada por lo que hacía.

— ¿Por qué te sorprendes tanto? tu eres mi amada, mereces asearte hoy —se acercó a ella sin que ésta se percatase de lo que haría.

Arrancó con brutalidad el resto de sus ropas, dejándola completamente desnuda. Ella temblaba de temor y tapándose los ojos sollozó.

— Sshh... tranquila querida mía... ven acá —acarició su cabello con cariño mientras tarareaba una canción.

Ella era muy joven, él adivinaba que unos quince o catorce años debía tener. Le gustaba mucho mimarla, verla tan acorralada en su propio miedo y se deleitaba cuando ella se estremecía al ser tocada.

Colocando sus manos despacio alrededor de la niña, la cargó tranquilamente hasta la bañera. Ella no puso ninguna resistencia, parecía haber caído nuevamente en un trance de desesperanza. Él tomó una esponja, mojándola repetidas veces en el agua cálida comenzó a pasarla por el cuerpo de la chica.

Recordaba los otros amores que había tenido, todas fueron hermosas y jóvenes, pero ésta era la más joven que había tenido jamás. Sus pequeños pechos y delicado cuello, costillas endebles y extremidades flacuchentas; eran un encanto. La primera vez que la golpeó, ésta no lloró tanto como la segunda, le gustaba eso; cuando trató de cortarle los deditos de los pies, ella luchó tanto que se los cortó todos al final, allí fue cuando el juego se puso divertido.

No quiso privarla de su inocencia, aún era tan virgen como el día en que la raptó. A veces pensaba que sería entretenido apuñalarle el vientre, como había hecho con muchas otras, pero resistía, era muy pronto aún.

— ¿Te ha gustado el baño, mi pequeña? —.La secaba con una toalla.

Ella no respondía, había dejado de hablar desde el segundo día de su llegada. No obstante su mirada perdida hablaba por ella.


La llevó hasta arriba, hasta su biblioteca. No la había vestido, ni pretendía hacerlo. La sentó en el sofá de terciopelo y se arrodilló a su lado. Tarareándole de nuevo una canción la acarició. Sus labios besaron aquellas manos temblorosas.

Con un fragmento de tela le ató una mano al mueble, sus pies los ató juntos con mucha fuerza. Revisó los nudos para asegurarse de que estuviesen bien atados. Ella estaba demasiado sumisa, a lo mejor ya se había dado por vencida.

De su bastón imperioso desenvainó una espada corta. Ella no lo vio en un principio, pero al observar el filo rozar su piel, ésta enloqueció.

Chilló desesperada, sacudiéndose de un lado a otro, mientras la espada rasgaba un poco la superficie de su piel.

— Sshh... Calla querida... Sshh calla... que si no te tranquilizas no lo disfrutarás —dijo entre suspiros de anhelo.

Ella se tranquilizó, su mirada posada en el filo cambió de un temor alocado a una serenidad absoluta. Un par de lágrimas corrieron por sus mejillas. Sus ojos nuevamente reflejaron un vacío eterno.

El filo pintaba pequeñas líneas rojas alrededor de su ombligo. Lamió un poco las heridas con un deseo descontrolado. Era tan excitante aquella piel caliente bajo su tacto, al igual que bajo el tacto de su espada.

Cogió en su puño un seno que acarició lentamente, entre jadeos de éxtasis acercó la espada y cortó con suavidad la piel de aquel pecho. No fue muy profundo al principio pero poco a poco fue aplicando más fuerza, no paró su tarea hasta que del pecho de la niña brotase cantaros de sangre.

Se alejó un poco, ella seguía viva o eso parecía, le miraba de una manera indescriptible, tal vez era terror.

Estaba cubierto de sangre, no lo había notado, pero todo aquello se sentía muy bien. Se sentó frente al piano, tocó una, dos y luego tres teclas; sin poder evitarlo quedó envuelto en un ferviente frenesí. Sus manos se movieron por si solas a través de las teclas; la música resonaba fuerte en sus orejas, era todo lo que escuchaba, era todo lo que había, nada reemplazaría esas deliciosas notas que venían una tras otra.


Ya la había apuñalado varías veces, sangre corría de ella como un río sin fin. Ahora no era tan pura, ni virginal, se sentía algo apenado consigo mismo por no poder resistir el arrebatarle aquello, pero a la hora de cortarle las costillas supo que no habría vuelta atrás.

Pobrecilla pensaba él al limpiarle la cara al cadáver, removió con sus dedos algunos coágulos enredados en su cabello.

— Pobre niña, pobrecita... como te quise mi pequeña belleza —musitaba al rozar sus manos contra los labios de ella.

jueves, 4 de marzo de 2010

La Ninfa del Bosque, Capitulo El baile de la ninfa

La dulzura de aquellos ojos capturó su atención. Ella parecía ser una luz que irradiaba sobre todos. Era hermosa como ninguna, joven de ojos claros y cabellera rubia. Caminaba entre los aristócratas con una elegancia singular. Algunos se fijaban en ella, otros la ignoraban.

Él era el centro de atención de todo, el suyo era ella. Estaba sentado en su trono, su mirada no podía despegarse de aquella joven de vestido platino y voluminoso.

No se atrevió a levantarse de su puesto, no quería perturbar el ambiente, si se acercaba a ella todos se alarmarían —las viejas chismosas cotorrearían y las jóvenes la envidiarían— si se acercaba el balance de la situación quedaría arruinado.

—Su Alteza, ¿le entretiene el baile?- Dijo la Marquesa Hallinan con su rostro lleno de intriga. El polvo blanco de su cara la hacía parecer tan pálida como un fantasma sin embargo sus labios pintados de rojizo intenso la hacía parecer más un bufón.

Él se sentía algo repelado por los colores intensos del atuendo de la Marquesa, no le gustaba mucho su constante atención, lo fastidiaba tanto esa mujer que a penas tenerla cerca lo hacía perder la paciencia, no pudo ni mirarla sin sentirse sofocado.

—Su Alteza no esta muy hablador hoy… ¿Será que no ha dormido bien?- Dijo con curiosidad, "la muy chismosa" pensaba él con desagrado.

Apartó su mirada de aquella criatura devota a su ser y la fijó nuevamente en la belleza. Ella seguía caminando entre las personas, algo perdida tal vez o quizás buscando a alguien.

Danzaban sus súbditos frente a él hermosamente al ritmo de la música que tan animada permanecía, los músicos en una esquina del salón tocaban con destreza y sus notas resonaban contra los grandes muros de la sala.

Toda la sala estaba envuelta en colores dorados y rojos, ya fueran las cortinas enormes sobre las ventanas a lo largo del salón, la alfombra que llevaba de la entrada a su trono o los manteles donde reposaban los aperitivos. A la luz de sus arañas de cristal brillaba la velada en su esplendor.

Él le hizo señas a su mano derecha, siempre estaba en su puesto para cuando lo solicitara el rey. El hombre se acercó discretamente a Su Alteza. Era un hombre alto y fuerte, con cara cuadrara y rasgos bien marcados. Se inclinó a un lado del rostro del rey, esperando con paciencia las órdenes de su amo y señor.

— Esa criatura tan hermosa que ves allí… ¿Quién es?— preguntó haciéndole un gesto disimulado con la cabeza. Su asistente se giró levemente y sin mucha dificultad pudo posar sus ojos en la mujer que había capturado la atención de su Alteza.

— Lo averiguaré, su Alteza.— dijo con toda confianza. Su mano derecha conocía bien al rey, sabía que esta mujer podría ser más que un capricho de media noche.

La Marquesa los observó detenidamente, le inquietaba lo poco interesado que estaba el rey en ella, ¿sería que no se colocó suficiente maquillaje? ¿O podía ser que hay alguna rival?... Inspeccionó el salón con la mirada, habían muchas mujeres hermosas pero ninguna se atrevería a desafiarla ¡el rey era suyo y nada más! Una sonrisa triunfal se pintó en su rostro, nadie le quitaría su Alteza.

Bajo las ramas de los árboles floreados ella se recostó, su vestido pesaba y le dolían los pies, pero la noche era hermosa. La luna brillaba con su color platino y las estrellas habían desvanecido, sólo quedaba el oscuro cielo nocturno.

Mechones de cabello rubio le molestaban el rostro, los removió de su cara como acostumbraba hacer. Cerró sus ojos por unos instantes saboreando el roce del viento. Su mente quedó en blanco, de alguna manera, en aquel momento de intimidad, lograba recordar algo sobre su pasado que antes no recordaba, diversas imágenes vinieron a su cabeza. Un bosque húmedo y verde, flores a sus pies y cánticos naturales…De pronto unas llamas rugieron detrás de ella, se volvió sólo para hallar una gran fogata. Su luz incandescente la cegaba pero la llenaba de una sensación de calidez. En su interior nacieron deseos de danzar, y eso mismo hizo. Bailó entorno al fuego perdida en un delicioso trance.

Su cabello bajo la luz de luna se tiñó negro y sus pupilas oscuras cubrieron el azul de su iris...

— ¿Se encuentra bien?— dijo una voz a sus espaldas. Ella se volvió. Al instante todo el bosque desapareció, la fogata y su calor desvanecieron. Quedó algo desorientada frente a su interlocutor.

Él llevaba rato observándola, admirando su figura danzante alrededor del jardín, como un ser divino. No se había atrevido a interrumpirla, ella sóla se detuvo y él no pudo más que hablarle. Ahora que estaba frente a ella, se sentía como perdido en un hechizo, fascinado por la belleza de la mujer.

Relena no lo reconocía, aún mareada por esa extraña visión. Observó al hombre, era muy atractivo, parecía propagar un aura seductora que hizo sus piernas temblar. ¿Quién era aquel hombre? ¿Y por qué su figura fornida la intimidaba?...Su mirada ámbar chispeante de carisma no reservaba comentarios mientras que la de ella los ocultaba.

— Disculpa... no debería estar aquí.— dijo a toda prisa haciendo ademán para marcharse. Él la retuvo, tomó la mano de la damisela y la acercó a sus labios.

No la iba a dejar escapar, no después de haberse liberado de la atención aristocrática. Aquel momento tan oportuno era suyo y nadie, ni ella, se lo quitaría.

Ella quedó atónita ante el roce de aquellos labios contra su piel, sentía como las capas de sus defensas se desmoronaban ante el dulce tacto de aquel hombre.

Él besó aquella mano con todo detalle, primero la palma, luego los dedos, la muñeca... Ella retiró su mano, lo miró con seriedad sin decir palabra. El hombre mantuvo una encantadora sonrisa mientra Relena se armó de coraje para preguntarle sobre su identidad y que buscaba de ella...

— ¡Su Alteza! ¡Alteza!... ¿Dónde está?— preguntó una voz por el pasillo, la sombra de una mujer se asomaba en la cercanía.

La sonrisa del hombre desapareció. Relena paró en seco observando al hombre frente a ella ¿Él era el rey? ¿Ese hombre tan atractivo que coqueteaba con ella, era el rey?...

Él le regresó la mirada, mostrando sólo agonía ante aquella voz que se acercaba cada vez más. Suspiró de pena, haciéndole reverencia a la doncella se dirigió a aquella voz impertinente que lo llamaba. "¡Maldita seas Marquesa! debería mandarte a la horca por esto" refunfuñó en su mente el rey al caminar de vuelta al baile.

martes, 23 de febrero de 2010

Amores de un Psicopata, Capítulo La Despedida de los Hermanos

Cantaba su corazón con alegría al sentir aquellos fuertes brazos a su alrededor, “¿Acaso él sabría lo mucho que le amaba?” Él planeaba todo detenidamente, la partida sería en la tarde y no le dejaría tiempo a ella para despedirse de todos. Era mejor así, vivir en casa había sido una prisión desesperante.

—Dime… ¿me extrañaras?— le preguntó al jardín vacío.

Tapaba sus brazos con un chal que mamá le dio, protegiéndose de la brisa admiró sus dulces recuerdos, aquellas felices memorias ocultas entre los terrenos del jardín.

No estaba dispuesta a enfrentarse a nadie, porque precisamente nadie sabía sobre su partida. Charles soñaba en su dulce cabecita que ella se quedaría por siempre a su lado. Jamás volverían a ser iguales, no podía estar ni un instante cerca de él sin sentir repugnancia, no precisamente por él sino por ella misma, por las asquerosas cosas que ella permitió que sucedieran. Una pasión prohibida floreció entre ambos y eso sería por siempre su tormento.

— ¿Qué haces?— preguntó una voz a sus espaldas.

Un escalofrío de temor recorrió su columna. “¿Sería él? Y si fuese él ¿qué le diría?” respiró hondo tratando de mantener la compostura. Volvió levemente su cabeza, temerosa del rostro que llegase a ver. Era Steven, su segundo hermano, acercándose a ella con su acostumbrada elegancia.

—Steven, yo… sólo pensaba…— decía sin mucho rodeo, quedó en su interior la sensación de una falsa alarma.

“¿Qué estoy haciendo? ¿Por qué tengo tanto temor?”… Ignoraba que su hermano podía notar su nerviosismo.

— ¿Te vas?...— preguntó con tono melancólico sin mirarla, él sólo fijaba su vista en el jardín (muchas de esas flores las había plantado su madre).

Ella no supo como reaccionar ante la pregunta, “¡él sabía!” lo miró con los ojos agrandados, llena de temor por lo que diría, por lo que pensaría. Tartamudeó un poco intentando declararle la verdad pero en vano, de sus labios rojizos no escapaban esas palabras que sonarían crueles y dolorosas.

— Ya… ya lo sabía…— decía volviendo la mirada al porche. Ella recordó las maletas al lado de la puerta, se sintió como una idiota.

—Tranquila, ya lo sabía mucho antes de ver tus maletas… Charles me había contado algo sobre el Duque y tus deseos, tenía miedo de que te fueras. — explicaba con simpleza mientras se agachaba junto a un árbol de magnolias y recogió algunas de las flores caídas.

Delilah consiguió calmar su corazón inquieto y tragándose todo el dolor y angustia habló.

— Se que es egoísta… pero por favor no le digas a papá o Charles aún…yo…— se encontraba nerviosa y envuelta en sus propios pensamientos, no sabía si lo que haría era lo correcto pero quería irse, ella sabía que marcharse era lo que más deseaba.

Steven la miró detenidamente sin mover un músculo, parecía mirarla con una cierta compasión. Él al igual que Charles era muy guapo, sin embargo Steven era más parecido a su padre que a su madre. Su madre había sido de ojos verdes y de cabello oscuro mientras que su padre poseía ojos azules y cabello rubio. Steven era rubio y sus ojos eran azules aunque más oscuros que los de su padre.

—No tienes que darme explicaciones… yo también me marcho. — estas ultimas palabras las dijo con amargura volviendo su mirada nuevamente a las flores en sus manos.

Ella no supo que decirle, no supo que pensar. Ambos se marchaban de casa y tomaban su camino, desafiando a su padre y abandonando a Charles.

— Me iré a América y comenzaré de nuevo. — se paró firme ante ella, acarició su cabello ondulado con ternura, pareció sonreír para si.

Ella tembló bajo su roce, un temor desgarrador se apoderó de ella, deseaba huir de aquel contacto. Trató de controlar su impulso de golpearle la mano y alejarse. Él la miró con curiosidad, notaba que estaba muy inquieta y dejó de acariciarle la cabeza.

— ¿A qué le temes? ¿No lo deseas? No deseas…— comenzó a formular él una pregunta que ella no estaba dispuesta a escuchar.

Se tapó las orejas bruscamente, sacudiendo su rostro de un lado a otro comenzó a llorar. Repetía constantemente “no no no… no me toques, no quiero nada… sólo quiero estar lejos de aquí”.

Abriendo sus ojos húmedos terminó mirando la cara consternada de su hermano. La mirada azulada parecía llena de emociones, aún tenía la mano estrecha como intentando consolarla pero temeroso que su contacto la asustara más. Al final guardó sus manos en los bolsillos de su pantalón, moviendo su cabeza en un gesto de desaprobación suspiró.

— De verdad, no sé cuanto daño te habrá causado estar acá tanto tiempo… pero… ya veo que no te lo necesito preguntar, es obvio que lo que deseas es marcharte. — sus ojos parecieron aguarse al decir estas palabras, estaba tan preocupada por ella.

Todos sabían hasta ella sabía que se parecía a su madre, era un copia idéntica. Mirarla era como sentirse en presencia de aquella mujer difunta. Steven no quiso seguir mirandola, sacó de su bolsillo una de las flores que había cogido y acercandose con cautela la colocó sobre la cabellera de Delilah. Sin mirarla entró al hogar con pasos firmes, dejándola en un estado de confusión.

Delilah trató de reponerse secándose con rapidez sus lágrimas. Steven no era como Charles, Steven no le quería hacer nada, ella lo sabía pero no pudo controlarse al sentir ese contacto tan íntimo.

Debía marcharse lo antes posible…

martes, 16 de febrero de 2010

A Dream

I was running from the shadow of the past, scared of the pain it could bring. The wind was blowing my hair like crazy; my hairdo was left a mess. He was behind me, following my every step.

Who was he?

I didn’t know… I was too afraid to even look.

The tree branches got caught in the folds of my dress, it was so heavy I could hardly walk.

Suddenly memories came to me… of a passed that I wasn’t willing to remember though it all seemed very simple, I had to just turn and face whatever it was, even if it tormented me.

I was too afraid to turn, too afraid to stop.

Climb the large stone stares I did. The garden seem to surround everything, it was like a savage and tropical place, where you could only hear the sweet melodies of nature. My breath interrupted its normal peace, but I just wanted to run.

Though it was almost morning the sky was still grey, rapid footsteps made eco in the dark…

I knew without any notice... he was behind me and we were alone…

lunes, 8 de febrero de 2010

Amores de un Psicopata, Capítulo Los Hermanos

Él estaba sólo en su habitación, yo me encontraba cerca de su puerta. Siempre supe que él gustó de ella pero nunca tuve el coraje de preguntarle nada, nunca me pareció que teníamos esa confianza, desde que mamá murió vivimos todos en mundos diferentes.

Escuché como soplaba su nariz, toqué su puerta y la abrí levemente. Estaba sentado con sus manos cubriendo su cara, algo le sucedía pero no sabía que era; seguro era culpa de ella.

- ¿Qué pasa? ¿Por qué lloras?- dije con firmeza mientras me acercaba, en mí nació un instinto maternal muy fuerte.

- Nada, no me pasa nada, vete...- hablaba como un niño malcriado pero él era un hombre crecido.

Me acerqué más a él y le acaricie el cabello con ternura. Él era mi hermano mayor y era muy guapo, no era ninguna sorpresa que las chicas lo mirasen mucho. Yo siempre le quise bastante y deseaba poder ayudarle en momentos que lo necesitase, como ahora.

Él me miró con sus ojos verdes oscuros y me regresó las caricias que le daba; jamás habíamos sido tan cariñosos porque lo más normal era que fuésemos distantes, sin embargo en ese momento nos sentíamos con una conexión especial.

- ¿Qué te hizo?- pregunté llena de una ira repentina. No podía soportar que alguien lastimase a mi hermano de aquella manera, nadie tenía derecho.

Él merecía alguien que lo idolatrase como él idolatraba a las mujeres que amaba; esa chica era una malagradecida y una falsa.

No me quiso responder, pero su mirada me decía que significaba mucho mi estar allí. Nuestras frentes estaban unidas, yo le tarareaba una canción que madre hace tiempo nos cantaba para dormir mientras él se tranquilizaba. Sus ojos parecían brillar al mirarme, como si nunca me hubiesen visto de verdad.

- Hermana mía, ¿cuándo creciste tanto? nunca te había visto tan hermosa.- dijo formando una sonrisa tierna.

Me sonrojé, sabía que era atractiva pero nadie en mi familia me había elogiado jamás, nadie realmente me había prestado mucha atención. Le devolví la sonrisa y le di un suave beso en la frente.

Yo había conocido muchos otros chicos antes que pensaban que era atractiva, jugaba con ellos y los manipulaba a mi gusto, pero en realidad yo tendía a hacer eso con la mayoría de las personas, no me gustaba que se acercaran más de lo que debían; ahora frente a mi hermano sentía que no debía de tener tanto miedo al abrirme a los demás.

De pronto, él se paró y me abrazó como nunca lo había hecho, mi cuerpo automáticamente respondió quedando totalmente rígido y envuelto en escalofríos, me sentía totalmente extrañada con esta nueva confianza que estábamos entablando. Sentí sus manos posarse en mi espalda acariciándola delicadamente; me sentía muy cómoda así atrapada en sus brazos, segura de que ambos estaríamos bien...

Terminamos hablando hasta tarde, compartiendo como dos amigos muy íntimos, pero eso era lo que eramos ahora, amigos íntimos. Hablamos del Duque, un joven que se había enamorado de mí hace un tiempo ya y yo no había hallado que hacer al respecto, yo le quería pero no sabía si marcharme con él y dejar la jaula que era mi hogar o quedarme en ella y perder la aventura más grande de mi vida.

-¿Entonces así es como nos ves a todos aquí en casa? como unos carceleros o algo por el estilo...- sonaba herido, al instante me arrepentí por lo dicho.
-No, tú no hermano, es sólo que papá no me deja ser libre, la única razón por la que deseo quedarme es por ti y Steven, son mis hermanos y yo les quiero... no sé si podría abandonarles.- decía yo con el corazón cargado de emociones.

Era verdad lo que decía, les quería demasiado para marcharme sin mirar atrás. El Duque era un sueño, un hombre que era tan ideal que parecía mentira, me desgarraba un dolor en el pecho con sólo pensar que tendría que rechazarle todas las invitaciones y promesas de amor.

Mi hermano me observaba detenidamente, se había percatado de mis sentimientos. Tomó mi mano en la suya con fuerza, acarició de nuevo mi rostro y yo no pude evitar lanzarle una sonrisa. Surgió en mi interior un constante cosquilleo, estaba extática con la conversación y la visión de un futuro junto al Duque.

- Que bella te vez enamorada... ella también se veía hermosa cuando la acariciaba... me miraba como si... como si me amara.- su voz estaba sonando débil, le dolía tanto recordarla.

No soportaba verle derrotado, no lo toleraba, corrientes de adrenalina parecían correr por mi cuerpo en respuesta a su melancolía. Lo abrasé, con todas mis fuerzas me pegué a su pecho y escuché como su corazón latía acelerado.

-Ella no importa ya, importamos nosotros, sólo nosotros, debemos estar juntos siempre...¡siempre!- estaba envuelta en emociones que nunca podría describir, un odio hacía la mujer que lo lastimó, un amor profundo hacía él y luego mis sueños de marcharme. Todo parecía mezclarse dentro mí como un remolino.

Suspiré con dulzura y anhelo, era como si mi corazón luchase contra algo mientras que mi cabeza se sentía ligera. Sentí de pronto como el hombre junto a mí se estremecía al sentir mis suspiros sobre su cuello.

Que divino parecía todo aquello, había como un aura que nos rodeaba, inmersos en una especie de mundo en el que sólo estábamos los dos. Nos miramos nuevamente, le sonreí sin poder evitar ser insinuante; sus ojos parecieron agrandarse al mirar aquel gesto.

Tomó mi rostro con fuerza contra el suyo, estaba completamente pegada a él, mi piel parecía hervir bajo su roce. Veía su rostro contraído en confusión y al mirarme parecían brillar sus ojos con un mensaje, esto me produjo unos escalofríos tan delirantes que temblé.

- ¿Qué deseas?- no pude evitar musitar, mi voz había cambiado a una voz extrañamente jugosa y seductora.

Su mirada seguía fija en la mía, ni me había percatado que estaba contra la pared y él parecía mantenerme así como atrapada. Sus manos lentamente comenzaron a recorrer mis curvas, acariciaron con detalle mis atributos de una manera que me enloquecían.

Gemí levemente del placer que me causaban sus manos, no quería que se detuviera y él tampoco parecía muy interesado en detenerse. Con desespero rasgo mi vestido hasta mostrarme semidesnuda ante él; temblaba contra la pared deseosa de más pero en busca de algo de sentido en todo aquello.

Sus labios se cerraron en mis senos expuestos en un beso delicioso que me desesperaba, gemí nuevamente de locura... ¿Qué estoy haciendo? ¿qué esta pasando?

Era mío, él era sólo mío y nadie me lo quitaría, sentir su piel contra la mía, sus suspiros, su mirada; vivía un constante frenesí entre sus brazos varoniles. Era mi hermano, mi dulce... dulce hermano.

martes, 2 de febrero de 2010

La Ninfa del Bosque, Capitulo El bosque

Corrí por el bosque, estaba llena de tristeza por todo lo ocurrido. El bosque en sus fronteras aún rugía de dolor y las cenizas eran evidencias de ello.

Lam a distancias me perseguía, trataba de seguirme el paso pero no podía, yo me fundía con el viento y él me perdía de vista. Llovía como nunca había llovido antes y mis lágrimas corrían por mi rostro; era un dolor insoportable.

Llegué a mi morada, todo seguía igual que siempre, los árboles dormían; el río seguía su acostumbrado camino, me posé cerca de él suspirando de lamento.

Poco a poco mi cuerpo fue tomando su forma sólida y mi cabello oscuro cayó sobre mi cara.

De pronto escuché el respirar de alguien. Me volví, en la orilla del río yacía un cuerpo; era un cuerpo muy peculiar y yo no sabía qué animal era aquel. Me acerqué con cautela, pero el ser estaba inconsciente, lo deseé tocar; poseía una anatomía familiar, los dioses tomaban esas formas cuando se materializaban, pero aquel ser frente mío no era una deidad ¿Qué podría ser?

Acerqué mi mano para tocar su frente, la acerqué con extremo cuidado.

- ¡Detente! No le toques .- exclamó Lam a poca distancia, yo retiré mi mano antes de siquiera tocar a la criatura.

Yo observé con detalle al ser que se encontraba inconsciente frente a mí; él poseía una cabellera de un color miel, piel blanca pero medio rosa y su figura era de un macho fuerte; yo estaba segura que era el macho de su especie puesto que sus rasgos señalaban a que lo era. De repente quedé estática al ver que la criatura tenía una herida profunda bajo el costado.

- ¿Qué te sucede? ¡Está herido! No lo puedo dejar así...- dije preocupada.

Lam me miraba con seriedad, esperando que lo obedeciera pero no le preste atención a su advertencia. Mi corazón sentía pena por aquel ser, iba a morir si yo no le ayudaba.

Coloque mi mano delicadamente sobre su pecho aspirando a poder conocerle y calmar su dolor, sin embargo sólo me transmitía oleadas tortuosas de sufrimiento, experimentaba una agonía tan horrible que me quede tiesa entre escalofríos desgarradores. Sí era cierto, el ser frente a mí iba a morir.

-Aléjate de él, Relena, no debes tocar a un humano ¡déjalo morir!.- Rugió Lam repentinamente.

No supe como reaccionar ante lo dicho... Un humano, eso era lo que era esa criatura en desgracia, ese ser y todos los que eran como él fueron los que propagaron el fuego por las fronteras del bosque.

Relámpagos de rencor y odio llenaron mi sangre, jamás podría perdonarles a esos monstruos el daño que le hicieron a mi hogar, sin embargo, respiré hondo y pensé unos instantes. Lam estaba muy exaltado por mi contacto con el humano, estaba apunto de correr hacía nosotros y separarnos a toda costa.

Levante mi mano libre y la estiré en su dirección, indicándole que no le quería cerca, no me importaba que fuera mi compañero y mi guardián, Lam no tenía derecho a darme ordenes. Percibí como mi amigo parecía estar lleno de una angustia extraña en él.

Miré al humano, estaba indefenso y moría, habría sido este ser el que propagó el fuego? o habría sido este ser parte de una masacre entre su propia especie? Tenía que decidir ahora su destino puesto que su vida estaba en mis manos...