A penas podía respirar. La herida demasiado profunda para sanar.
No había sol en el cielo, sólo una densa niebla lo cubría. ¿Sería su fin?...
La llaga ardiente en su pierna derecha lo hacía rugir de dolor. Posó su mano sobre el centro sangrante y presionó con todas sus fuerzas restantes, desesperado por no perder demasiada sangre.
Su propia respiración lenta y jadeante lo enloquecía. No había escapatoría y él lo sabía... todo había acabado. Una repentina brisa erizó sus vellos, levantando tierra consigo que lo envolvió de pies a cabeza.
Escupió la tierra que había tragado con desagrado. Añoraba escapar de allí, alejarse de ese campo de batalla abandonado, pero no había manera de hacerlo, no con su herida.
¿Qué estaría haciendo ella ahora? Su bella esposa, su Relena, debía de estar tan preocupada por él... debía de estar tan sola...
— Debo regresar por ti, sólo por ti —se dijo a sí mismo.
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Estaba sentada en su sillón, miraba su rostro en el espejo. No sentía nada, no sabía nada, no era nada.
Los días habían pasado tan de prisa que a penas sabía en que mes estaban. Su vida había tomado un giro tan inesperado, tan alocado... ya no sabía quién era, ni lo que hacía...
La recamara estaba hermosamente decorada para ella con flores. Él le gustaba darle flores, le gustaba verla rodeaba de ellas, cubierta en ellas. Él vendría a verla nuevamente, él lo había prometido; no le gustaba dejarla sola por mucho rato, estaba demasiado enamorado de ella para eso.
Su mano tembló al pensar en él. Lágrimas corrieron por su rostro al recordar sus ansiosos besos. Él no la amaba, no podía ser cierto.
— ¿Relena?... ¿en que piensas, mi reina? —preguntó él.
Estaba allí, y ella por estar distraída no lo había escuchado entrar. Su corazón se cargó de emociones, confusas todas; pero al mirar su rostro, su bello rostro, sintió que todas sus dudas desaparecían.
— Yo... yo sólo recordaba... recordaba a... —tartamudeaba, temorosa de pronunciar su nombre, temerosa de insultar al hombre a su lado.
— ¿Tu marido?... ya te dicho que murió en combate, le apuñalarón el corazón... no puedes seguir torturandote con esta historia... una y otra vez... —movia sus brazos con exasperación, perdía la paciencia cada vez que ella mencionaba a aquel hombre.
Relena tapó sus ojos, no quería llorar y menos en frente de él. No podía evitar sentir que traicionaba a su marido, que a pesar de estar muerto ella aún sentía que vivía.
— Pondría toda la corte a tus pies, si eso evitara que derramaras otra lágrima —se arrodilló delante de ella, tomó sus manos en las suyas y las beso con ternura.
El dolor que hacía unos instantes la apuñaló ahora se había desvanecido. El rey tenía un poder de seducción muy intenso, su mirada la dominaba. Ella era la amante del rey, y si todo marchaba como él planeaba, ella sería la reina.
Él la tomó entre sus brazos, acariciando su rostro besó con descontrolada pasión a su amada; ella se entregó sin más remedio a aquel delicioso ser. Pero aún en su interior quedaba esa sensación vibrante de que su marido, donde sea que estuviese, estaba vivo.
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