martes, 23 de febrero de 2010

Amores de un Psicopata, Capítulo La Despedida de los Hermanos

Cantaba su corazón con alegría al sentir aquellos fuertes brazos a su alrededor, “¿Acaso él sabría lo mucho que le amaba?” Él planeaba todo detenidamente, la partida sería en la tarde y no le dejaría tiempo a ella para despedirse de todos. Era mejor así, vivir en casa había sido una prisión desesperante.

—Dime… ¿me extrañaras?— le preguntó al jardín vacío.

Tapaba sus brazos con un chal que mamá le dio, protegiéndose de la brisa admiró sus dulces recuerdos, aquellas felices memorias ocultas entre los terrenos del jardín.

No estaba dispuesta a enfrentarse a nadie, porque precisamente nadie sabía sobre su partida. Charles soñaba en su dulce cabecita que ella se quedaría por siempre a su lado. Jamás volverían a ser iguales, no podía estar ni un instante cerca de él sin sentir repugnancia, no precisamente por él sino por ella misma, por las asquerosas cosas que ella permitió que sucedieran. Una pasión prohibida floreció entre ambos y eso sería por siempre su tormento.

— ¿Qué haces?— preguntó una voz a sus espaldas.

Un escalofrío de temor recorrió su columna. “¿Sería él? Y si fuese él ¿qué le diría?” respiró hondo tratando de mantener la compostura. Volvió levemente su cabeza, temerosa del rostro que llegase a ver. Era Steven, su segundo hermano, acercándose a ella con su acostumbrada elegancia.

—Steven, yo… sólo pensaba…— decía sin mucho rodeo, quedó en su interior la sensación de una falsa alarma.

“¿Qué estoy haciendo? ¿Por qué tengo tanto temor?”… Ignoraba que su hermano podía notar su nerviosismo.

— ¿Te vas?...— preguntó con tono melancólico sin mirarla, él sólo fijaba su vista en el jardín (muchas de esas flores las había plantado su madre).

Ella no supo como reaccionar ante la pregunta, “¡él sabía!” lo miró con los ojos agrandados, llena de temor por lo que diría, por lo que pensaría. Tartamudeó un poco intentando declararle la verdad pero en vano, de sus labios rojizos no escapaban esas palabras que sonarían crueles y dolorosas.

— Ya… ya lo sabía…— decía volviendo la mirada al porche. Ella recordó las maletas al lado de la puerta, se sintió como una idiota.

—Tranquila, ya lo sabía mucho antes de ver tus maletas… Charles me había contado algo sobre el Duque y tus deseos, tenía miedo de que te fueras. — explicaba con simpleza mientras se agachaba junto a un árbol de magnolias y recogió algunas de las flores caídas.

Delilah consiguió calmar su corazón inquieto y tragándose todo el dolor y angustia habló.

— Se que es egoísta… pero por favor no le digas a papá o Charles aún…yo…— se encontraba nerviosa y envuelta en sus propios pensamientos, no sabía si lo que haría era lo correcto pero quería irse, ella sabía que marcharse era lo que más deseaba.

Steven la miró detenidamente sin mover un músculo, parecía mirarla con una cierta compasión. Él al igual que Charles era muy guapo, sin embargo Steven era más parecido a su padre que a su madre. Su madre había sido de ojos verdes y de cabello oscuro mientras que su padre poseía ojos azules y cabello rubio. Steven era rubio y sus ojos eran azules aunque más oscuros que los de su padre.

—No tienes que darme explicaciones… yo también me marcho. — estas ultimas palabras las dijo con amargura volviendo su mirada nuevamente a las flores en sus manos.

Ella no supo que decirle, no supo que pensar. Ambos se marchaban de casa y tomaban su camino, desafiando a su padre y abandonando a Charles.

— Me iré a América y comenzaré de nuevo. — se paró firme ante ella, acarició su cabello ondulado con ternura, pareció sonreír para si.

Ella tembló bajo su roce, un temor desgarrador se apoderó de ella, deseaba huir de aquel contacto. Trató de controlar su impulso de golpearle la mano y alejarse. Él la miró con curiosidad, notaba que estaba muy inquieta y dejó de acariciarle la cabeza.

— ¿A qué le temes? ¿No lo deseas? No deseas…— comenzó a formular él una pregunta que ella no estaba dispuesta a escuchar.

Se tapó las orejas bruscamente, sacudiendo su rostro de un lado a otro comenzó a llorar. Repetía constantemente “no no no… no me toques, no quiero nada… sólo quiero estar lejos de aquí”.

Abriendo sus ojos húmedos terminó mirando la cara consternada de su hermano. La mirada azulada parecía llena de emociones, aún tenía la mano estrecha como intentando consolarla pero temeroso que su contacto la asustara más. Al final guardó sus manos en los bolsillos de su pantalón, moviendo su cabeza en un gesto de desaprobación suspiró.

— De verdad, no sé cuanto daño te habrá causado estar acá tanto tiempo… pero… ya veo que no te lo necesito preguntar, es obvio que lo que deseas es marcharte. — sus ojos parecieron aguarse al decir estas palabras, estaba tan preocupada por ella.

Todos sabían hasta ella sabía que se parecía a su madre, era un copia idéntica. Mirarla era como sentirse en presencia de aquella mujer difunta. Steven no quiso seguir mirandola, sacó de su bolsillo una de las flores que había cogido y acercandose con cautela la colocó sobre la cabellera de Delilah. Sin mirarla entró al hogar con pasos firmes, dejándola en un estado de confusión.

Delilah trató de reponerse secándose con rapidez sus lágrimas. Steven no era como Charles, Steven no le quería hacer nada, ella lo sabía pero no pudo controlarse al sentir ese contacto tan íntimo.

Debía marcharse lo antes posible…

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