jueves, 4 de marzo de 2010

La Ninfa del Bosque, Capitulo El baile de la ninfa

La dulzura de aquellos ojos capturó su atención. Ella parecía ser una luz que irradiaba sobre todos. Era hermosa como ninguna, joven de ojos claros y cabellera rubia. Caminaba entre los aristócratas con una elegancia singular. Algunos se fijaban en ella, otros la ignoraban.

Él era el centro de atención de todo, el suyo era ella. Estaba sentado en su trono, su mirada no podía despegarse de aquella joven de vestido platino y voluminoso.

No se atrevió a levantarse de su puesto, no quería perturbar el ambiente, si se acercaba a ella todos se alarmarían —las viejas chismosas cotorrearían y las jóvenes la envidiarían— si se acercaba el balance de la situación quedaría arruinado.

—Su Alteza, ¿le entretiene el baile?- Dijo la Marquesa Hallinan con su rostro lleno de intriga. El polvo blanco de su cara la hacía parecer tan pálida como un fantasma sin embargo sus labios pintados de rojizo intenso la hacía parecer más un bufón.

Él se sentía algo repelado por los colores intensos del atuendo de la Marquesa, no le gustaba mucho su constante atención, lo fastidiaba tanto esa mujer que a penas tenerla cerca lo hacía perder la paciencia, no pudo ni mirarla sin sentirse sofocado.

—Su Alteza no esta muy hablador hoy… ¿Será que no ha dormido bien?- Dijo con curiosidad, "la muy chismosa" pensaba él con desagrado.

Apartó su mirada de aquella criatura devota a su ser y la fijó nuevamente en la belleza. Ella seguía caminando entre las personas, algo perdida tal vez o quizás buscando a alguien.

Danzaban sus súbditos frente a él hermosamente al ritmo de la música que tan animada permanecía, los músicos en una esquina del salón tocaban con destreza y sus notas resonaban contra los grandes muros de la sala.

Toda la sala estaba envuelta en colores dorados y rojos, ya fueran las cortinas enormes sobre las ventanas a lo largo del salón, la alfombra que llevaba de la entrada a su trono o los manteles donde reposaban los aperitivos. A la luz de sus arañas de cristal brillaba la velada en su esplendor.

Él le hizo señas a su mano derecha, siempre estaba en su puesto para cuando lo solicitara el rey. El hombre se acercó discretamente a Su Alteza. Era un hombre alto y fuerte, con cara cuadrara y rasgos bien marcados. Se inclinó a un lado del rostro del rey, esperando con paciencia las órdenes de su amo y señor.

— Esa criatura tan hermosa que ves allí… ¿Quién es?— preguntó haciéndole un gesto disimulado con la cabeza. Su asistente se giró levemente y sin mucha dificultad pudo posar sus ojos en la mujer que había capturado la atención de su Alteza.

— Lo averiguaré, su Alteza.— dijo con toda confianza. Su mano derecha conocía bien al rey, sabía que esta mujer podría ser más que un capricho de media noche.

La Marquesa los observó detenidamente, le inquietaba lo poco interesado que estaba el rey en ella, ¿sería que no se colocó suficiente maquillaje? ¿O podía ser que hay alguna rival?... Inspeccionó el salón con la mirada, habían muchas mujeres hermosas pero ninguna se atrevería a desafiarla ¡el rey era suyo y nada más! Una sonrisa triunfal se pintó en su rostro, nadie le quitaría su Alteza.

Bajo las ramas de los árboles floreados ella se recostó, su vestido pesaba y le dolían los pies, pero la noche era hermosa. La luna brillaba con su color platino y las estrellas habían desvanecido, sólo quedaba el oscuro cielo nocturno.

Mechones de cabello rubio le molestaban el rostro, los removió de su cara como acostumbraba hacer. Cerró sus ojos por unos instantes saboreando el roce del viento. Su mente quedó en blanco, de alguna manera, en aquel momento de intimidad, lograba recordar algo sobre su pasado que antes no recordaba, diversas imágenes vinieron a su cabeza. Un bosque húmedo y verde, flores a sus pies y cánticos naturales…De pronto unas llamas rugieron detrás de ella, se volvió sólo para hallar una gran fogata. Su luz incandescente la cegaba pero la llenaba de una sensación de calidez. En su interior nacieron deseos de danzar, y eso mismo hizo. Bailó entorno al fuego perdida en un delicioso trance.

Su cabello bajo la luz de luna se tiñó negro y sus pupilas oscuras cubrieron el azul de su iris...

— ¿Se encuentra bien?— dijo una voz a sus espaldas. Ella se volvió. Al instante todo el bosque desapareció, la fogata y su calor desvanecieron. Quedó algo desorientada frente a su interlocutor.

Él llevaba rato observándola, admirando su figura danzante alrededor del jardín, como un ser divino. No se había atrevido a interrumpirla, ella sóla se detuvo y él no pudo más que hablarle. Ahora que estaba frente a ella, se sentía como perdido en un hechizo, fascinado por la belleza de la mujer.

Relena no lo reconocía, aún mareada por esa extraña visión. Observó al hombre, era muy atractivo, parecía propagar un aura seductora que hizo sus piernas temblar. ¿Quién era aquel hombre? ¿Y por qué su figura fornida la intimidaba?...Su mirada ámbar chispeante de carisma no reservaba comentarios mientras que la de ella los ocultaba.

— Disculpa... no debería estar aquí.— dijo a toda prisa haciendo ademán para marcharse. Él la retuvo, tomó la mano de la damisela y la acercó a sus labios.

No la iba a dejar escapar, no después de haberse liberado de la atención aristocrática. Aquel momento tan oportuno era suyo y nadie, ni ella, se lo quitaría.

Ella quedó atónita ante el roce de aquellos labios contra su piel, sentía como las capas de sus defensas se desmoronaban ante el dulce tacto de aquel hombre.

Él besó aquella mano con todo detalle, primero la palma, luego los dedos, la muñeca... Ella retiró su mano, lo miró con seriedad sin decir palabra. El hombre mantuvo una encantadora sonrisa mientra Relena se armó de coraje para preguntarle sobre su identidad y que buscaba de ella...

— ¡Su Alteza! ¡Alteza!... ¿Dónde está?— preguntó una voz por el pasillo, la sombra de una mujer se asomaba en la cercanía.

La sonrisa del hombre desapareció. Relena paró en seco observando al hombre frente a ella ¿Él era el rey? ¿Ese hombre tan atractivo que coqueteaba con ella, era el rey?...

Él le regresó la mirada, mostrando sólo agonía ante aquella voz que se acercaba cada vez más. Suspiró de pena, haciéndole reverencia a la doncella se dirigió a aquella voz impertinente que lo llamaba. "¡Maldita seas Marquesa! debería mandarte a la horca por esto" refunfuñó en su mente el rey al caminar de vuelta al baile.

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