Era primavera, ante mí los arboles florecían lentamente. Solía caminar esa calle siempre para llegar al colegio, caminaba sola aunque antes venía mi hermana mayor conmigo.
Mi hermana ahora va a la universidad y no la veo muy a menudo, pero siempre me gusta recordar como ella tomaba mi mano para cruzar la calle, siempre sonriente, siempre ella misma. Hoy en día, cuando la veo no hay una sonrisa en su cara, ella trata de mostrarme una, sin embargo se notan sus esfuerzos; ella me hacía pensar que la vida en la universidad era mucho más dura que en el colegio, comencé a temerle a la idea de graduarme.
Era una mañana como cualquiera, trataba de sonreírle a la vida a mi manera mientras caminaba. Hacía algo de frío y me sentí lista por traer mi suéter, mientras estaba cerrándole el cierre surgió detrás de mí una sombra. De repente, unas manos pellizcaron mi cintura y brinqué exaltada.
- ¿Por qué te asustas tanto? No seas tonta -se burlaba Maribel de mi reacción cruelmente.
No me sorprendía tanto descubrir que había sido ella, me hacía lo mismo casi todas las mañanas y aún me pillaba desprevenida. Desde que yo había comenzado a estudiar en ese colegio Maribel había sido mi amiga, eramos muy unidas, ella venía a mi casa cada vez que podía y pasaba el día entero allí conmigo haciendo prácticamente nada, aunque teníamos nuestros hobbies, tales como mirar el techo, preparar postres, mirar el techo de nuevo, luego ver la tele y....mmm... bueno algunas veces salimos en bici a pasear. Bueno no eramos muy divertidas...
Nos acercábamos a la entrada cuando a nuestro lado pasó un carro, lo reconocimos rápidamente, era de uno de nuestros compañeros de clase. Se llamaba Diego, no le conocía tanto pero si nos llevábamos bien. Él siempre llegaba a clases junto con otro chico, su nombre lo desconocía pero su cara si la reconocía en los recreos, y era muy atractivo, o por lo menos, eso me parecía a mí porque Maribel no estaba muy de acuerdo.
Dentro de la clase, arreglé los libros de la primera materia de la mañana, no me sentía con muchos ánimos de estudiar pero, en realidad, nunca estaba de muchos ánimos para estudiar. Frente a mí se sentó, como siempre, Ignacio con su mochila negra, era un buen chico y uno de mis amigos más cercanos; lo cierto era qué Ignacio era muy tímido con los demás, no acostumbraba a socializar demasiado. Claro que conmigo no había mucho problema, yo le había zarandeado esa timidez hacía tiempo ya cuando se trataba de hablar conmigo.
- Ignacio... por casualidad... tal vez... tú... bueno... emmm... -no terminé de decir algo avergonzada.
- ¿La tarea? ¿De nuevo? -habló con sarcasmo en su voz, le gustaba burlarse de mí en mis momentos de debilidad. Vio la expresión de frustración que puse y rió, siempre se reía de mis expresiones.
- Ok, ok... Tienes razón, no me digas nada, yo sé que no hice la tarea, pero... es que... se me olvida -le dije poniéndole mi mejor carita de puchero. No me sorprendía mucho verlo burlándose de nuevo, me irritaba un poco pero él tenía su propio tipo de humor que no todos entendían.
Varias veces había escuchado de Maribel - y de otros - que Ignacio gustaba de mí, pero la verdad es que yo sabía que no era así. Él me apreciaba mucho pero no me veía de esa manera, no todos le entendían, por supuesto que yo no era "todos", yo era su amiga y capaz siempre lo seria.
La clase fue rutinaria, yo no podía esperar hasta que sonara la campana y me parase de ese incomodo pupitre. No tenía ni idea en que clase estábamos, sólo estaba consciente que era la clase del prof. "buenote" - y si buenote era mi apodo personal para él, no sólo porque no me tomaba la molestia de enterarme de su apellido sino qué era el profesor más guapo de todo el colegio-, y allí estaba el prof. "buenote" dando su clase con todo sus "materiales" -bueno en la realidad si tenía casi todos sus materiales allí, fuera de cualquier contexto vulgar-, era apasionado en dar clases y casi siempre se le veía con mapas, folletos, pancartas... No era mi clase favorita, pero probablemente a la única que le prestaba atención.
Sonó el timbre y mi corazón se detuvo de la alegría, -comida- pensé sin remedio. Ignacio parecía que pensaba lo mismo que yo. Maribel ya había salido con los demás así qué me fui con mi compañero a comer en la cafetería.
Los recreos eran mi tiempo preferido para terminar de copear las tareas y comerme algo, también solía mirar a los diferentes estudiantes que andaban por allí, -normalmente los más atractivos-; sin embargo a Ignacio este pequeño deporte no le parecía muy divertido, bueno él tampoco era el típico chico que miraba mucho a las mujeres, y cuando lo intentaba se ponía rojo, -lo sé, algo tonto para su edad pero yo siempre buscaba maneras de estropear su inocencia obligandole a mirar a las chicas-.
Allí estaba "el chico" paseando con su grupo, era el chico que había llamado mi atención desde mi llegada; era alto y delgado, tenía ojos azules y cabello marrón, tenía algunos pircing -normalmente eso no me parece muy masculino, ni atractivo, pero por él seguramente haría una excepción-, también tenía labios carnosos, y sobre todo, todos decían que era muy simpático.
- Hey... Hey, ¿Estás bien?... ¿alo? ¿me escuchas? -la voz de Ignacio a penas llegaba a mis oídos, eran como un murmullo lejano.
Mi miraba y mi atención la habían capturado mi futura presa; claro qué esto no era suficiente para detener a Ignacio de demandar atención. Un libro aterrizó en mi cabeza de golpe, casi tumbando mi té en el suelo. El chico me había estado mirando fijamente hasta justo en ese momento, al ver mi golpe con el libro se rió como loco, los de su grupo quedaron mudos sin entender que le sucedía.
-Dios que... que humillante... wow... adiós presa... - pensaba avergonzada por mi torpeza, al instante me volví furiosa buscando quién había sido el imbécil.
-Disculpa, no quería tumbar tu té, pero es que... como no me respondías, me impaciente -dijo Ignacio haciéndose el inocente.
- Te voy a matar... -le susurré mirándole con un odio fuera de lo normal. Ignacio enseguida se asustó sin entender bien que había pasado- ¿Por qué me había molestado tanto por el té?-.
- ¡Hola! ¿Qué hacen? -preguntó Maribel que apareció de la nada y cuando me fui a dirigir a ella, de una manera casi milagrosa Ignacio desvaneció de la escena del crimen.
- ¡¡Ahhh!!... Dios... tiene suerte de que seguirá con vida -musité al fijarme en su desaparición. Maribel me miró como si sufriera de esquizofrenia por un momento.
- Luego te cuento... ¿Y qué has hecho este recreo que no te he visto? -pregunté por preguntar, estaba todavía algo afectada por mi imposibilidad de conseguir quedarme con los chicos que más me gustan.
- Nada, sólo fui a sacar unas fotocopias de unos ejercicios para la siguiente clase -mi corazón se detuvo de golpe al escuchar "fotocopias de ejercicios para la siguiente clase", ahora si deseaba golpearme contra un muro sólo por diversión, ya que mi cerebro estaba temporalmente vacío, tal vez golpearme contra algo no me lastimaría, -¿Quién sabe?- pensé.
- Grandioso, otra cosa que se me ha olvidado hoy... creo que voy a tener que anotar todo lo que debo hacer más a menudo -me decía a mí misma, Maribel se rió un rato y me entregó una hoja. El timbre sonó fuerte y todos corrimos ha hacer filas.
- ¿Los ejercicios?.... me.. ¡Me los imprimiste! -dije con alegría, la abracé y sentí un aprecio profundo por tener amigos que comprendían lo despistada que tendía ser.
- Bueno en realidad te lo fotocopie, pero no te preocupes tanto, no eran tantas hojas -decía ella tratando de salvarse de mi alabancia a su persona.
Era clase de biología, me encontraba con el libro abierto haciendo los ejercicios de la hoja, teníamos que explicar algo sobre una planta - sólo Dios sabría exactamente que quería la profesora-, nunca me enteré bien de como nos evaluaba porque pasaba la mayoría del tiempo hablando con sus flores.
Maribel me hizo un gesto desesperado, pidiéndome en su extraña clave morsa que hiciese algo por ella, trató de mover la boca esperanzada de que la entendiera, pero yo no era muy buena para ese tipo de adivinanzas, terminó escribiéndome en una hoja.
-Necesito mi planta, pero me da miedo pedirle a la prof. que me deje ir a buscarla, ¿podrías buscarla por mi?- se leía claramente en la hoja. Mi primera reacción fue de asombro -¿como demonios pensaba ella que yo le iba a entender eso en señas o leyéndole los labios?-, mi segunda reacción fue la de una pesades en mi pecho; esa prof. odiaba casi a todo el mundo, incluyendome, y si quiera hablarle me provocaba terror, pero ya le debía a Maribel por mi fotocopia, tenía que cumplir con el favor.
- Disculpe prof. Mara, ¿puedo bajar un momento a nuestro salón? debo buscar mi planta que se me quedó abajo -su mirada penetrante me puso los pelos de punta, sabía claramente que quería matarme por interrumpir su clase.
-Apúrate -sólo dijo eso, como si fuese una mosca molesta, -¡Que miedo!- pensaba al salir de clases.
Bajé las escaleras del laboratorio, iba muy a prisa, temiendo que el monstruo que me daba clases me cerrará la puerta en la cara -eso no sería nada nuevo-. Saltaba escalones para llegar antes, y en uno de esos saltos tropecé.
No me había enterado bien de que pasó porque del susto cerré los ojos, sin embargo los brazos cálidos de un chico me hicieron abrirlos. Al parecer no me había caído del todo, había tropezado contra él y eso me salvó de darme una buena matada. Mis manos se posaban sobre su pecho, me alejé un poco avergonzada por haberle casi caído encima; mis ojos se agrandaron al ver quién había sido el chico.
- Ehmm... Hola... disculpa, yo... yo soy muy torpe -traté de explicarme. Él me miraba fijamente como si estuviese tratando de recordarme.
- ¡Ah! ya sé quién eres tú, ¿No eres la chica que le pegaron un libro por la cabeza? -preguntó con una sonrisa burlona en la cara. Mi vergüenza se había mezclado con un toque humillación e ira.
- Pues sí, ¿Qué? ¿Acaso te entretiene mucho burlarte de mi torpeza? si quieres aprovechas ahora, casi te tumbo por las escaleras... -le respondí entre risitas sarcásticas, yo estaba a la defensiva, odiaba su actitud, no me gustaba la idea de que se burlase de mí.
-No me lo tomes a mal, ¿vale?... Sólo para que sepas, a mí si me entretiene mucho mirarte -dijo de la nada con una sonrisa pícara; me dejó, metafóricamente, con la mandíbula suelta por asombro -¿Realmente le gustaba mirarme?, acaba de admitir que me solía mirar...- pensaba mi cabeza a la vez que trataba de arreglar mi camisa medio arrugada.
- ¿Te gusta mirarme? mmm... sabes qué dicen por ahí que tú tienes novia -le lancé una puntada, fui directa pero normalmente no me gusta estar con hombres que tienen novia. Él parecía seguro e imperturbable, mantuvo una sonrisa tan atractiva como provocativa.
- ¿Ah, sí? Bueno la gente dice muchas cosas, porque eso es mentira -dijo sin muchas vueltas y su manera de decirlo tenía como una invitación oculta que decía -¿acaso estas interesada en el puesto?-. -Yo hubiese apostado una fortuna que él iba a usar esa frase en ese momento si yo sé lo permitía-.
-Sí, es cierto que la gente inventa mucho, entonces tal vez será mentira también que tú eras muy simpático ¿no? -no estaba muy segura que jueguito jugábamos, pero estaba segura de que me entretenía bastante.
- No lo sé, ¿no te gustaría averiguarlo tu misma? -propuso él con bastante claridad. Yo no era tonta y sabía muy bien que se estaba acercando para robarme un beso, uno que la verdad no quería negarle.
- ¿¡Qué haces!? te estaba buscando por todos lados... ven -dijo una chica subiendo por las escaleras y jalandole del brazo, él se dejó llevar pero no paró de mirarme.
La presencia de la chica para mí fue como un baño de agua fría, no sólo por la confianza que parecían compartir, sino porque era precisamente una chica que odiaba desde que la vi y sabía, por su manera de mirarme en ese momento, que era un sentimiento mutuo. Sus ojos me dijeron -aléjate, él es mío-, y el mensaje estaba bastante claro, no tenía ni la menor duda.
Cuando bajaban las escaleras, la escuché llamarle por nombres coquetos y él le seguía el juego. Fuego parecía haberse formado en mi interior, un odio hacía él por patán y ella por ser mi enemiga. En aquel colegio era imposible encontrar una buena presa, todas eran atrapadas por perras hambrientas como aquella chica.
Mi enemiga era muy bonita, tenía ojos verdes y grandes, un cabello sedoso y caramelo, sus labios eran atractivos y rojizos, no poseía las mejores curvas pero su cara bonita la llevaba lejos. Se llamaba Gabriela, como la detestaba, ella y su voz pedante y chillona, típica mujer que se cree el centro de atención.
Casi grité en mitad de las escaleras. Aún no había buscado la planta. La prof. Mara me iba quemar viva con toda seguridad -adiós dulce vida- pensaba al regresó a clases de biología con la planta en mano.
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