viernes, 20 de agosto de 2010

La Ninfa del Bosque, Capitulo Adam en el bosque

En su bella mirada amarillenta descubrió nuevamente lo que era amar. Fue un destello repentino, como un rayo cegador que la dejó anonadada. Y en su risa, tonta y escandalosa, vio una inocencia casi juvenil.

Añoró con todas sus fuerzas que la amara de vuelta tal criatura tan preciosa. tan peculiar. Aunque la verdad es que no podría hacerlo... ¿él amarle a ella?, era imposible, una fantasía, una catástrofe.

Él miraba correr el agua del río, salpicaban gotas frías contra las rocas en su camino. Era un fuerte soldado, por lo menos, eso decía él. Ella no había comprendido bien el concepto de soldado, él tuvo que explicarselo de una manera simple; él se encargaba de proteger a algo o alguien, como una dinastía. Relena no conocía el significado de dinastía y él no parecía poseer gran paciencia para explicarle.

Sus heridas habían mejorado notablemente desde que lo encontró junto al río. Aún se encontraba débil, pero la llaga sangrante que había padecido era ahora inexistente, ni horribles marcas habían quedado en su piel; gracias a su medicina, ella lo había salvado de una muerte segura.

Lam se mantuvo al margen de todo, no quería estar cerca del humano. Relena lo había desobedecido, había salvado al posible causante del incendio en el bosque y cuidado de él con cariño. En una lejana colina, Lam los observaba a ambos, charlando junto al río, la pequeña y elegante figura de Relena y la robusta forma del humano a su lado. Angustia martillaba en su pecho como una daga.

— ¿Hay otras mujeres como usted en este bosque? —preguntó el humano con curiosidad, se incorporaba del suelo y sacudia las hojas atrapadas en sus pantalones.

— Mujeres... ¿mujeres?... ¿Qué es mujeres? —ella se notaba confundida y desorientada con la pregunta, pero esto no le sorprendía a él, ella la mayor parte del tiempo le parecía perdida y desorientada, como si la chica hubiese vivido toda su vida en una burbuja, o pensándolo mejor, en ese bosque. Era un milagro que siquiera hablara su idioma.

— Olvida la pregunta.... por cierto, mi nombre es Adam Chevalier ¿y el suyo? —era la primera vez que lo escuchaba hablar tanto, la mayor parte del tiempo había estado inconsciente o delirando en sus sueños, la enervaba un poco lo conversador que parecía su compañero, nadie en el bosque había querido charlar tanto con ella como él.

— Relena... me llamo Relena... —se acercó lentamente, le gustaba mirarla, mirar sus delicados ojos llenos de pureza y sus labios carmines, era una joven extraña, demasiado extraña. A penas llevaba ropa, unas pieles cubrían su cuerpo, Adam no sabía como reaccionar ante tanta falta de sentido común.

— Temo que pertenecemos a mundos totalmente diferentes... no debo permanecer mucho tiempo aquí o me creerán muerto —desvió su mirada y se paró en seco. Era difícil no pensar las cosas que pensaba, era bastante difícil no sentirse atraído por ella. 

— ¿Mundos diferentes?... si tienes toda la razón, pero no sabía que supieras que yo... Bueno, supongo que debes marcharte pero ¿cuando? aún esta muy débil —la observó en silencio de nuevo, en su pecho ardía un sentimiento totalmente desconocido, tal vez era un deseo descontrolado, tal vez era más que eso. Verla en su totalidad, ella, un ser inocente, ignorante del mundo exterior, hermosa y cariñosa; todo esto lo hacía sentirse atraído, seducido por completo por el misterio de ella, por su simple belleza, por su natural amabilidad.



Ella lo dejaba a solas en la cueva por las noches, se desvanecía entre los arboles, no regresaba hasta el amanecer y eso le preocupada. ¿Pensaría ella que él deseaba aprovecharse de su inocencia? ¿o sería que existía otro refugio en donde ella descansaba?... Relena no le había revelado nada aquel día, sólo le había mirado con curiosidad, como si él fuese un ser de otro mundo, que a lo mejor lo era para una joven que vivió toda su vida en el bosque. Deseaba llevársela consigo, llevarla a su mundo, ha aquel mundo civilizado en el que la presencia de Relena brillaría como un diamante en bruto.


En la colina, reposaba aún Lam, y a su lado, Relena se bañaba en la luz de la luna; su cabello rubio y su iris azul se tornaron color negro bajo la noche fría.

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