La mansión ardía en llamas entre la oscura penumbra, su intensidad le lastimaba los ojos. No obstante, no podía desviar la mirada ni por un instante. A su lado, permanecía él tan hipnotizado como ella, ambos cautivados por el espectáculo de fuego danzante.
— Rora... se está incendiando todo —musitó con calma más para sí mismo que para ella. Aún manteniendo sus miradas clavadas en el suceso.
Ella no le respondió, absorta en la emoción del momento, mientras una extraña excitación recorría su cuerpo, y llenaba su vacío más allá de lo hubiese podido imaginar. Aspiraba aire, pero era en vano, no sentía sus pulmones llenarse, y al acelerar su respiración, se encontró inmersa en una desesperación arrebatadora por lanzarse a esas llamas.
— Rora... —logró escuchar ésta de entre las oleadas de delirio. Notó que estaban sucios, cubiertos de cenizas que bailoteaban por el aire.
— Hmmm... ¿sí? —él la miraba consternado. Extendió su mano hacia ella, y con delicadeza limpió la mejilla de ésta.
Levemente giró su mirada hacia el joven a su lado, encontrando en su rostro lleno de hollín un dolor que la sobresaltó, deseo poder consolarlo. Sin embargo, se sentía confundida por su reacción, puesto que él sufría y ella no. La mansión ardiendo en llamas era lo más hermoso que hayan podido presenciar, entonces ¿por qué sufrir?.
— ¿Estás llorando? —preguntó él angustiado, atrapando las pequeñas lagrimas entre sus dedos.
No eran lagrimas de tristeza, eso ella ya lo sabía, era sólo el fuego que hacía sus ojos arder.
Antes de todo aquello, la mansión había sido su santuario, su refugio. Ahora se había reducido a desechos del fuego, y esperanzada, anheló que el Conde estuviese entre esos desechos. Se imaginaba su figura siendo devorada por las llamas hambrientas. La idea hizo que surgiera una sonrisa en su rostro.
— Él era todo lo que yo conocía... pero ahora somos libres...¿Qué será de nosotros ahora? —Desvió la mirada al suelo, y se desparramó en el. Rora sólo lo observó sufrir, mas no compartía aquel dolor.
— Nunca seremos libres... pero ahora tu ocuparas su lugar... serás su heredero, serás el maestro, serás el Conde —musitó ella mirándole con una sonrisa, y en su rostro sólo halló terror y comprensión.
Un golpe la alarmó, antes de que pudiese descubrir de donde provenía, se cayó al suelo. Abrió los ojos, y se sentía agotada. Su habitación estaba muy iluminada por el sol, y su cama estaba echa un desastre, las sabanas estaban por el suelo, donde ella, casualmente, estaba también. Intentó incorporarse, pero el dolor en su cabeza lo impidió.
Cerró sus ojos por unos instantes y acarició el bulto que tenía en la cabeza, unas imágenes surgieron en su mente de una mansión en llamas, y luego un hombre llorando. Un escalofrío la recorrió, y sintió ganas de vomitar.
Estaba sola en su habitación, y la casa parecía estar en silencio. Tal vez Nana y la tía Delilah fueron al mercado, pensó ella. El tío Charles estaría abajo dando clases, y el abuelo estaría en su estudio leyendo en silencio.
Ahora frente a su peinadora, se preguntó que eran esas imágenes. Tenía la sensación de haber soñado algo, pero le costaba recordar. Sin embargo, se dio por vencida, y cogiendo su peine comenzó a cepillarse la cabellera.
Una vela, junto al retrato de su madre, se marchitaba despacio, ella la había encendido la noche anterior. En ese momento, era solo una pequeña llama que se extinguiría pronto. Su luz rojiza y morada la capturó. Y perdiendo toda conciencia de su alrededor, clavó su mirada en ella hasta ver entre sus curvas danzantes la silueta de algo.
— Rora... Rora... Rora, ¿Dónde estás? —susurró una voz muy familiar. Y la llama desvaneció.
ShallowNata
Locked together in Hatred
lunes, 12 de diciembre de 2011
domingo, 20 de marzo de 2011
The silent cry of despair
In the day, I dreamt
I dreamt that you were there
And once more,
Spiraling, my heart fell,
Desperation had taken over.
My soul captured in rapture.
Why? Oh why?
Why does this feeling rise?
And the aching on my chest
Why does it not cease?
The light shinned,
Realization had stricken the divine.
Once more, all went gray.
Why can’t I see? Why am I blinded?
Have I lost it?
That it that made me sane,
Or have I lost my will to carry on?
And there it all was again,
That blue, that electrifying blue,
A color that gleamed at nothing
And at everything.
This blue martyr was yours,
They were your eyes.
Silence consumed my pathetic sentiment,
Pity eating away at me,
And you with that ray of blue light,
With that dream,
With those eyes.
Oh! And how well did they taunt me!
Those beautiful blue eyes.
lunes, 25 de octubre de 2010
Used to...
You used to see in me
You used to see everything
Now I´m all alone
Standing here by the phone
Just waiting for your call
Hoping nothing at all
Cause everything is at its end
And I wish we could still be friends
Crying in my sleep
Wishing that some how
How could I persist?
There is nothing more now
How can I resist?
Your lips are my death, dear
I can not exist
Without you near
Now is not the time
My pain is in the rime
Can you hear its song?
Even if I did wrong
I want you to know
I have always loved you so
And for that I'll suffer
Suffer forever more
Even though I wish you well
I want us to say farewell
My heart cant stay with you
I hope you see this too
'Cause nothing was what it seemed
Though my life is incomplete
I can't have you now
Now nor never
So we'll have to stay apart
You don't believe it breaks my heart
It hurts to see you gone
But I have accepted
It's fallen apart
I have comprehended and ended
My feelings, surrendered
There's no sense to call
'Cause I have really done it all
sábado, 9 de octubre de 2010
Oh! my love...
What do you do, when the tough gets tougher?
What should I do, when you've got another lover?
Oh! what do you do? Oh! my heart is breaking in two
For you.
Can't you hear that the phone keeps ringing?
Can't you see that the hours are ticking?
We cant live a life, a life that isn't real
Oh! and it's so sad because of what we feel
I'm a cat
Just waiting to pounce
You, a dog
Stray and just running around
Do you know?
I haven't forgotten you
Yes, it's true...
I can't be free
Every time you're here
My knees turn weak
And I can feel my mind bleak
But still I wish and wish
The only thing I can say is Goodbye
Can't remember the reason why
Can't remember you
Why? Oh why!?
Because, why should I...?
its all said and done
Why should I...?
I can't be the one
Even though my heart is pure
My love, true
Told you once and twice
Now look at you...
Why should I...?
Can't accept
Can't refuse
I'm in a depth
And all because of you
lunes, 4 de octubre de 2010
La Ninfa del Bosque, Capitulo Los Chevalier
Sintió como el agua corría por sus manos, terminó de lavar los platos con destreza.
Le gustaba ayudar en casa porque la señora Chevalier no podía, era demasiado frágil para hacer la limpieza, era una señora mayor que había vivido una vida de ama de casa, también era la madre de Adam y Janette. Ahora ella se encontraba junto a la ventana, como siempre, mirando al cielo,o tal vez, a nada.
Su hijo, Adam, era un joven soldado de sus majestades y muy respetado por su supervivencia en la batalla de Creuse. En ese lugar la había encontrado, sola e inconsciente dentro del bosque, totalmente vulnerable ante la batalla que se llevaba acabo al exterior. Adam contaba la historia siempre con brevedad, no recordaba bien los sucesos, al igual que ella no recordaba nada en absoluto.
Pensaba que era sorprendente no poder si quiera recordar su nombre; Adam si lo recordaba, la llamaba Relena. A pesar de no recordar su pasado, no sentía ningún interés en recordar, ni pensaba que fuese necesario. Vivir con Adam y su madre la hacían sentirse segura y tranquila, no deseaba nada más que permanecer junto a ellos. Secó sus manos, al instante escuchó la puerta, al abrir se encontró con Janette, ésta entró sin saludar y se arrodilló al lado de su madre para susurrarle algo en el oído. Ella siguió con sus tareas sin darle mucha importancia a la presencia de la visita.
Janette no parecía muy de acuerdo con la idea de que la chica perdida permaneciera en aquella casa, desde el primer momento en que la vio sintió desconfianza, pero nunca se mostró cruel porque sabía muy bien que Adam sería alguien que ella no quería enfrentar. Estaba casada ya hace un tiempo con un Lord, lo cual no era poco; su matrimonio la llenaba de orgullo. Su marido, Fernán, era un hombre justo y amable, lo amaba tanto que le costaba respirar a veces, le impresionaba sentirse así porque no era de las que creía en el amor, sin embargo allí estaba ella enamorada de su marido y sintiéndose amada por él.
- Relena, ¿le has servido la comida a mamá? -su tono fue algo forzado pero se notaban sus esfuerzos de suavizarlo, en la palabra "mamá" su rostro sacó una sonrisa - algo malévola- pensaba la chica.
La señora Chevalier la agarró del brazo, claramente reprimiéndola por su tono irrespetuoso.
-No seas tan fastidiosa Janette, no es necesario que te pongas así ¡qué ya voy a comer! -su voz ronca habló entre su tos, se paró de su silla y se sacudió el regazo. Miró a Relena y le hizo un gesto que ésta entendía, se acercó a la anciana, la ayudando hasta el comedor. Janette las siguió, angustiada por su madre.
- Madre, ¿no crees que sería mejor vivir conmigo? puedo tener personas cuidando de ti, ayudándote constantemente -le sugería nuevamente Janette. Desde hace tiempo le proponía lo mismo, estaba decidida en llevarse a su madre de aquella casa, pero la Sr. Chevalier quería quedarse con Adam, si ella se marchase su hijo viviría solo.
Adam Chevalier, al otro lado de la ciudad, caminó a través del arco, este era la entrada principal del palacio. Su cuñado lo había mandado a llamar, él pertenecía a la corte y ser convocado era algo muy importante. El rey no estaría presente, de eso estaba seguro Adam, normalmente su Majestad no se presentaba en la corte.
Él admiraba mucho a su rey, le guardaba un profundo respeto, a pesar de no conocerle. Miró el escudo de la dinastía, poseía rayas diagonales azules y dorados, en el centro una corona de oro con la espada real del fundador de la dinastía. Orgullo brotó de su interior, ese era su destino. Pelear por su reino.
Entró en la gran sala, para su sorpresa, estaba complemente vacía, sólo dos figuras se vislumbraban al final de la sala. Caminó con cabeza en alto sobre la estrecha alfombra roja, extrañado por lo privada que era aquella convocatoria. Al acercarse más a las figuras pudo notar que no sólo estaba su cuñado, junto a él se elevaba imponente la figura del rey.
- Su... su...su Majestad -logró susurrar para si antes de arrodillarse en el suelo en reverencia.
- Vaya, vaya... parece que mi presencia te ha sorprendido un poco, joven soldado -sonrió él con carisma. Le debió haber dado gracia el llamarle "joven soldado" pensó Adam, ellos eran de la misma edad.
- Su Majestad, creo que hay algo que debemos darle al Sr. Chevalier -Fernán también sacó una sonrisa, ya Adam se estaba sintiendo nervioso.
- Cierto... No quería dártelo de esta manera, hubiese preferido una ceremonia parecida a la que hicimos para los soldados que llegaron de Creuse... pero Lord Fernán me ha detenido, me informó de que no te gustaban ese tipo de ceremonias tan públicas -habló el rey algo desilusionado, todos sabían que le gustaba tener escusas para hacer un gran banquete, era la mejor manera de practicar su deporte favorito, el seducir mujeres.
Adam no podía ni hablar ante el rey, nunca habían estado tan cerca uno del otro. El rey parecía un hombre simpático, le gustaba hablar con mucha elegancia, parecía pronunciar cada palabra con extremo cuidado y con un acento muy marcado. Las mujeres normalmente caían ante él por ese tipo de trucos.
Presentaron una medalla frente a Adam, era una especie de estrella de oro, se encontraba dentro de una caja de un aterciopelado rojo. Rozó el oro, sintiendo el frío contacto con el metal. Cerró sus ojos y recordó el olor a sudor y sangre, los gritos de soldados agonizando y el rugir de las espadas en combate. Un dolor alocado lo abatió.
- Sé que debió ser duro... Esta medalla es la prueba viviente de que tanto yo como Dios hemos reconocido los terrores que has vivido y hemos perdonado los pecados que hayas podido cometer -Adam miró fijamente al rey, brillaba en sus ojos una fuerte admiración.
El rey sintió afecto hacia aquel soldado fiel, le alegraba saber que tenía tan fieles soldados a su poder. Tal vez si tuviese a una buena reina, su reino estaría completo.
Le gustaba ayudar en casa porque la señora Chevalier no podía, era demasiado frágil para hacer la limpieza, era una señora mayor que había vivido una vida de ama de casa, también era la madre de Adam y Janette. Ahora ella se encontraba junto a la ventana, como siempre, mirando al cielo,o tal vez, a nada.
Su hijo, Adam, era un joven soldado de sus majestades y muy respetado por su supervivencia en la batalla de Creuse. En ese lugar la había encontrado, sola e inconsciente dentro del bosque, totalmente vulnerable ante la batalla que se llevaba acabo al exterior. Adam contaba la historia siempre con brevedad, no recordaba bien los sucesos, al igual que ella no recordaba nada en absoluto.
Pensaba que era sorprendente no poder si quiera recordar su nombre; Adam si lo recordaba, la llamaba Relena
Janette no parecía muy de acuerdo con la idea de que la chica perdida permaneciera en aquella casa, desde el primer momento en que la vio sintió desconfianza, pero nunca se mostró cruel porque sabía muy bien que Adam sería alguien que ella no quería enfrentar. Estaba casada ya hace un tiempo con un Lord, lo cual no era poco; su matrimonio la llenaba de orgullo. Su marido, Fernán, era un hombre justo y amable, lo amaba tanto que le costaba respirar a veces, le impresionaba sentirse así porque no era de las que creía en el amor, sin embargo allí estaba ella enamorada de su marido y sintiéndose amada por él.
- Relena, ¿le has servido la comida a mamá? -su tono fue algo forzado pero se notaban sus esfuerzos de suavizarlo, en la palabra "mamá"
La señora Chevalier la agarró del brazo, claramente reprimiéndola por su tono irrespetuoso.
-No seas tan fastidiosa Janette, no es necesario que te pongas así ¡qué ya voy a comer! -su voz ronca habló entre su tos, se paró de su silla y se sacudió el regazo. Miró a Relena y le hizo un gesto que ésta entendía, se acercó a la anciana, la ayudando hasta el comedor. Janette las siguió, angustiada por su madre.
- Madre, ¿no crees que sería mejor vivir conmigo? puedo tener personas cuidando de ti, ayudándote constantemente -le sugería nuevamente Janette. Desde hace tiempo le proponía lo mismo, estaba decidida en llevarse a su madre de aquella casa, pero la Sr. Chevalier quería quedarse con Adam, si ella se marchase su hijo viviría solo.
sábado, 25 de septiembre de 2010
La rutina monótona
Era primavera, ante mí los arboles florecían lentamente. Solía caminar esa calle siempre para llegar al colegio, caminaba sola aunque antes venía mi hermana mayor conmigo.
Mi hermana ahora va a la universidad y no la veo muy a menudo, pero siempre me gusta recordar como ella tomaba mi mano para cruzar la calle, siempre sonriente, siempre ella misma. Hoy en día, cuando la veo no hay una sonrisa en su cara, ella trata de mostrarme una, sin embargo se notan sus esfuerzos; ella me hacía pensar que la vida en la universidad era mucho más dura que en el colegio, comencé a temerle a la idea de graduarme.
Era una mañana como cualquiera, trataba de sonreírle a la vida a mi manera mientras caminaba. Hacía algo de frío y me sentí lista por traer mi suéter, mientras estaba cerrándole el cierre surgió detrás de mí una sombra. De repente, unas manos pellizcaron mi cintura y brinqué exaltada.
- ¿Por qué te asustas tanto? No seas tonta -se burlaba Maribel de mi reacción cruelmente.
No me sorprendía tanto descubrir que había sido ella, me hacía lo mismo casi todas las mañanas y aún me pillaba desprevenida. Desde que yo había comenzado a estudiar en ese colegio Maribel había sido mi amiga, eramos muy unidas, ella venía a mi casa cada vez que podía y pasaba el día entero allí conmigo haciendo prácticamente nada, aunque teníamos nuestros hobbies, tales como mirar el techo, preparar postres, mirar el techo de nuevo, luego ver la tele y....mmm... bueno algunas veces salimos en bici a pasear. Bueno no eramos muy divertidas...
Nos acercábamos a la entrada cuando a nuestro lado pasó un carro, lo reconocimos rápidamente, era de uno de nuestros compañeros de clase. Se llamaba Diego, no le conocía tanto pero si nos llevábamos bien. Él siempre llegaba a clases junto con otro chico, su nombre lo desconocía pero su cara si la reconocía en los recreos, y era muy atractivo, o por lo menos, eso me parecía a mí porque Maribel no estaba muy de acuerdo.
Dentro de la clase, arreglé los libros de la primera materia de la mañana, no me sentía con muchos ánimos de estudiar pero, en realidad, nunca estaba de muchos ánimos para estudiar. Frente a mí se sentó, como siempre, Ignacio con su mochila negra, era un buen chico y uno de mis amigos más cercanos; lo cierto era qué Ignacio era muy tímido con los demás, no acostumbraba a socializar demasiado. Claro que conmigo no había mucho problema, yo le había zarandeado esa timidez hacía tiempo ya cuando se trataba de hablar conmigo.
- Ignacio... por casualidad... tal vez... tú... bueno... emmm... -no terminé de decir algo avergonzada.
- ¿La tarea? ¿De nuevo? -habló con sarcasmo en su voz, le gustaba burlarse de mí en mis momentos de debilidad. Vio la expresión de frustración que puse y rió, siempre se reía de mis expresiones.
- Ok, ok... Tienes razón, no me digas nada, yo sé que no hice la tarea, pero... es que... se me olvida -le dije poniéndole mi mejor carita de puchero. No me sorprendía mucho verlo burlándose de nuevo, me irritaba un poco pero él tenía su propio tipo de humor que no todos entendían.
Varias veces había escuchado de Maribel - y de otros - que Ignacio gustaba de mí, pero la verdad es que yo sabía que no era así. Él me apreciaba mucho pero no me veía de esa manera, no todos le entendían, por supuesto que yo no era "todos", yo era su amiga y capaz siempre lo seria.
La clase fue rutinaria, yo no podía esperar hasta que sonara la campana y me parase de ese incomodo pupitre. No tenía ni idea en que clase estábamos, sólo estaba consciente que era la clase del prof. "buenote" - y si buenote era mi apodo personal para él, no sólo porque no me tomaba la molestia de enterarme de su apellido sino qué era el profesor más guapo de todo el colegio-, y allí estaba el prof. "buenote" dando su clase con todo sus "materiales" -bueno en la realidad si tenía casi todos sus materiales allí, fuera de cualquier contexto vulgar-, era apasionado en dar clases y casi siempre se le veía con mapas, folletos, pancartas... No era mi clase favorita, pero probablemente a la única que le prestaba atención.
Sonó el timbre y mi corazón se detuvo de la alegría, -comida- pensé sin remedio. Ignacio parecía que pensaba lo mismo que yo. Maribel ya había salido con los demás así qué me fui con mi compañero a comer en la cafetería.
Los recreos eran mi tiempo preferido para terminar de copear las tareas y comerme algo, también solía mirar a los diferentes estudiantes que andaban por allí, -normalmente los más atractivos-; sin embargo a Ignacio este pequeño deporte no le parecía muy divertido, bueno él tampoco era el típico chico que miraba mucho a las mujeres, y cuando lo intentaba se ponía rojo, -lo sé, algo tonto para su edad pero yo siempre buscaba maneras de estropear su inocencia obligandole a mirar a las chicas-.
Allí estaba "el chico" paseando con su grupo, era el chico que había llamado mi atención desde mi llegada; era alto y delgado, tenía ojos azules y cabello marrón, tenía algunos pircing -normalmente eso no me parece muy masculino, ni atractivo, pero por él seguramente haría una excepción-, también tenía labios carnosos, y sobre todo, todos decían que era muy simpático.
- Hey... Hey, ¿Estás bien?... ¿alo? ¿me escuchas? -la voz de Ignacio a penas llegaba a mis oídos, eran como un murmullo lejano.
Mi miraba y mi atención la habían capturado mi futura presa; claro qué esto no era suficiente para detener a Ignacio de demandar atención. Un libro aterrizó en mi cabeza de golpe, casi tumbando mi té en el suelo. El chico me había estado mirando fijamente hasta justo en ese momento, al ver mi golpe con el libro se rió como loco, los de su grupo quedaron mudos sin entender que le sucedía.
-Dios que... que humillante... wow... adiós presa... - pensaba avergonzada por mi torpeza, al instante me volví furiosa buscando quién había sido el imbécil.
-Disculpa, no quería tumbar tu té, pero es que... como no me respondías, me impaciente -dijo Ignacio haciéndose el inocente.
- Te voy a matar... -le susurré mirándole con un odio fuera de lo normal. Ignacio enseguida se asustó sin entender bien que había pasado- ¿Por qué me había molestado tanto por el té?-.
- ¡Hola! ¿Qué hacen? -preguntó Maribel que apareció de la nada y cuando me fui a dirigir a ella, de una manera casi milagrosa Ignacio desvaneció de la escena del crimen.
- ¡¡Ahhh!!... Dios... tiene suerte de que seguirá con vida -musité al fijarme en su desaparición. Maribel me miró como si sufriera de esquizofrenia por un momento.
- Luego te cuento... ¿Y qué has hecho este recreo que no te he visto? -pregunté por preguntar, estaba todavía algo afectada por mi imposibilidad de conseguir quedarme con los chicos que más me gustan.
- Nada, sólo fui a sacar unas fotocopias de unos ejercicios para la siguiente clase -mi corazón se detuvo de golpe al escuchar "fotocopias de ejercicios para la siguiente clase", ahora si deseaba golpearme contra un muro sólo por diversión, ya que mi cerebro estaba temporalmente vacío, tal vez golpearme contra algo no me lastimaría, -¿Quién sabe?- pensé.
- Grandioso, otra cosa que se me ha olvidado hoy... creo que voy a tener que anotar todo lo que debo hacer más a menudo -me decía a mí misma, Maribel se rió un rato y me entregó una hoja. El timbre sonó fuerte y todos corrimos ha hacer filas.
- ¿Los ejercicios?.... me.. ¡Me los imprimiste! -dije con alegría, la abracé y sentí un aprecio profundo por tener amigos que comprendían lo despistada que tendía ser.
- Bueno en realidad te lo fotocopie, pero no te preocupes tanto, no eran tantas hojas -decía ella tratando de salvarse de mi alabancia a su persona.
Era clase de biología, me encontraba con el libro abierto haciendo los ejercicios de la hoja, teníamos que explicar algo sobre una planta - sólo Dios sabría exactamente que quería la profesora-, nunca me enteré bien de como nos evaluaba porque pasaba la mayoría del tiempo hablando con sus flores.
Maribel me hizo un gesto desesperado, pidiéndome en su extraña clave morsa que hiciese algo por ella, trató de mover la boca esperanzada de que la entendiera, pero yo no era muy buena para ese tipo de adivinanzas, terminó escribiéndome en una hoja.
-Necesito mi planta, pero me da miedo pedirle a la prof. que me deje ir a buscarla, ¿podrías buscarla por mi?- se leía claramente en la hoja. Mi primera reacción fue de asombro -¿como demonios pensaba ella que yo le iba a entender eso en señas o leyéndole los labios?-, mi segunda reacción fue la de una pesades en mi pecho; esa prof. odiaba casi a todo el mundo, incluyendome, y si quiera hablarle me provocaba terror, pero ya le debía a Maribel por mi fotocopia, tenía que cumplir con el favor.
- Disculpe prof. Mara, ¿puedo bajar un momento a nuestro salón? debo buscar mi planta que se me quedó abajo -su mirada penetrante me puso los pelos de punta, sabía claramente que quería matarme por interrumpir su clase.
-Apúrate -sólo dijo eso, como si fuese una mosca molesta, -¡Que miedo!- pensaba al salir de clases.
Bajé las escaleras del laboratorio, iba muy a prisa, temiendo que el monstruo que me daba clases me cerrará la puerta en la cara -eso no sería nada nuevo-. Saltaba escalones para llegar antes, y en uno de esos saltos tropecé.
No me había enterado bien de que pasó porque del susto cerré los ojos, sin embargo los brazos cálidos de un chico me hicieron abrirlos. Al parecer no me había caído del todo, había tropezado contra él y eso me salvó de darme una buena matada. Mis manos se posaban sobre su pecho, me alejé un poco avergonzada por haberle casi caído encima; mis ojos se agrandaron al ver quién había sido el chico.
- Ehmm... Hola... disculpa, yo... yo soy muy torpe -traté de explicarme. Él me miraba fijamente como si estuviese tratando de recordarme.
- ¡Ah! ya sé quién eres tú, ¿No eres la chica que le pegaron un libro por la cabeza? -preguntó con una sonrisa burlona en la cara. Mi vergüenza se había mezclado con un toque humillación e ira.
- Pues sí, ¿Qué? ¿Acaso te entretiene mucho burlarte de mi torpeza? si quieres aprovechas ahora, casi te tumbo por las escaleras... -le respondí entre risitas sarcásticas, yo estaba a la defensiva, odiaba su actitud, no me gustaba la idea de que se burlase de mí.
-No me lo tomes a mal, ¿vale?... Sólo para que sepas, a mí si me entretiene mucho mirarte -dijo de la nada con una sonrisa pícara; me dejó, metafóricamente, con la mandíbula suelta por asombro -¿Realmente le gustaba mirarme?, acaba de admitir que me solía mirar...- pensaba mi cabeza a la vez que trataba de arreglar mi camisa medio arrugada.
- ¿Te gusta mirarme? mmm... sabes qué dicen por ahí que tú tienes novia -le lancé una puntada, fui directa pero normalmente no me gusta estar con hombres que tienen novia. Él parecía seguro e imperturbable, mantuvo una sonrisa tan atractiva como provocativa.
- ¿Ah, sí? Bueno la gente dice muchas cosas, porque eso es mentira -dijo sin muchas vueltas y su manera de decirlo tenía como una invitación oculta que decía -¿acaso estas interesada en el puesto?-. -Yo hubiese apostado una fortuna que él iba a usar esa frase en ese momento si yo sé lo permitía-.
-Sí, es cierto que la gente inventa mucho, entonces tal vez será mentira también que tú eras muy simpático ¿no? -no estaba muy segura que jueguito jugábamos, pero estaba segura de que me entretenía bastante.
- No lo sé, ¿no te gustaría averiguarlo tu misma? -propuso él con bastante claridad. Yo no era tonta y sabía muy bien que se estaba acercando para robarme un beso, uno que la verdad no quería negarle.
- ¿¡Qué haces!? te estaba buscando por todos lados... ven -dijo una chica subiendo por las escaleras y jalandole del brazo, él se dejó llevar pero no paró de mirarme.
La presencia de la chica para mí fue como un baño de agua fría, no sólo por la confianza que parecían compartir, sino porque era precisamente una chica que odiaba desde que la vi y sabía, por su manera de mirarme en ese momento, que era un sentimiento mutuo. Sus ojos me dijeron -aléjate, él es mío-, y el mensaje estaba bastante claro, no tenía ni la menor duda.
Cuando bajaban las escaleras, la escuché llamarle por nombres coquetos y él le seguía el juego. Fuego parecía haberse formado en mi interior, un odio hacía él por patán y ella por ser mi enemiga. En aquel colegio era imposible encontrar una buena presa, todas eran atrapadas por perras hambrientas como aquella chica.
Mi enemiga era muy bonita, tenía ojos verdes y grandes, un cabello sedoso y caramelo, sus labios eran atractivos y rojizos, no poseía las mejores curvas pero su cara bonita la llevaba lejos. Se llamaba Gabriela, como la detestaba, ella y su voz pedante y chillona, típica mujer que se cree el centro de atención.
Casi grité en mitad de las escaleras. Aún no había buscado la planta. La prof. Mara me iba quemar viva con toda seguridad -adiós dulce vida- pensaba al regresó a clases de biología con la planta en mano.
Mi hermana ahora va a la universidad y no la veo muy a menudo, pero siempre me gusta recordar como ella tomaba mi mano para cruzar la calle, siempre sonriente, siempre ella misma. Hoy en día, cuando la veo no hay una sonrisa en su cara, ella trata de mostrarme una, sin embargo se notan sus esfuerzos; ella me hacía pensar que la vida en la universidad era mucho más dura que en el colegio, comencé a temerle a la idea de graduarme.
Era una mañana como cualquiera, trataba de sonreírle a la vida a mi manera mientras caminaba. Hacía algo de frío y me sentí lista por traer mi suéter, mientras estaba cerrándole el cierre surgió detrás de mí una sombra. De repente, unas manos pellizcaron mi cintura y brinqué exaltada.
- ¿Por qué te asustas tanto? No seas tonta -se burlaba Maribel de mi reacción cruelmente.
No me sorprendía tanto descubrir que había sido ella, me hacía lo mismo casi todas las mañanas y aún me pillaba desprevenida. Desde que yo había comenzado a estudiar en ese colegio Maribel había sido mi amiga, eramos muy unidas, ella venía a mi casa cada vez que podía y pasaba el día entero allí conmigo haciendo prácticamente nada, aunque teníamos nuestros hobbies, tales como mirar el techo, preparar postres, mirar el techo de nuevo, luego ver la tele y....mmm... bueno algunas veces salimos en bici a pasear. Bueno no eramos muy divertidas...
Nos acercábamos a la entrada cuando a nuestro lado pasó un carro, lo reconocimos rápidamente, era de uno de nuestros compañeros de clase. Se llamaba Diego, no le conocía tanto pero si nos llevábamos bien. Él siempre llegaba a clases junto con otro chico, su nombre lo desconocía pero su cara si la reconocía en los recreos, y era muy atractivo, o por lo menos, eso me parecía a mí porque Maribel no estaba muy de acuerdo.
Dentro de la clase, arreglé los libros de la primera materia de la mañana, no me sentía con muchos ánimos de estudiar pero, en realidad, nunca estaba de muchos ánimos para estudiar. Frente a mí se sentó, como siempre, Ignacio con su mochila negra, era un buen chico y uno de mis amigos más cercanos; lo cierto era qué Ignacio era muy tímido con los demás, no acostumbraba a socializar demasiado. Claro que conmigo no había mucho problema, yo le había zarandeado esa timidez hacía tiempo ya cuando se trataba de hablar conmigo.
- Ignacio... por casualidad... tal vez... tú... bueno... emmm... -no terminé de decir algo avergonzada.
- ¿La tarea? ¿De nuevo? -habló con sarcasmo en su voz, le gustaba burlarse de mí en mis momentos de debilidad. Vio la expresión de frustración que puse y rió, siempre se reía de mis expresiones.
- Ok, ok... Tienes razón, no me digas nada, yo sé que no hice la tarea, pero... es que... se me olvida -le dije poniéndole mi mejor carita de puchero. No me sorprendía mucho verlo burlándose de nuevo, me irritaba un poco pero él tenía su propio tipo de humor que no todos entendían.
Varias veces había escuchado de Maribel - y de otros - que Ignacio gustaba de mí, pero la verdad es que yo sabía que no era así. Él me apreciaba mucho pero no me veía de esa manera, no todos le entendían, por supuesto que yo no era "todos", yo era su amiga y capaz siempre lo seria.
La clase fue rutinaria, yo no podía esperar hasta que sonara la campana y me parase de ese incomodo pupitre. No tenía ni idea en que clase estábamos, sólo estaba consciente que era la clase del prof. "buenote" - y si buenote era mi apodo personal para él, no sólo porque no me tomaba la molestia de enterarme de su apellido sino qué era el profesor más guapo de todo el colegio-, y allí estaba el prof. "buenote" dando su clase con todo sus "materiales" -bueno en la realidad si tenía casi todos sus materiales allí, fuera de cualquier contexto vulgar-, era apasionado en dar clases y casi siempre se le veía con mapas, folletos, pancartas... No era mi clase favorita, pero probablemente a la única que le prestaba atención.
Sonó el timbre y mi corazón se detuvo de la alegría, -comida- pensé sin remedio. Ignacio parecía que pensaba lo mismo que yo. Maribel ya había salido con los demás así qué me fui con mi compañero a comer en la cafetería.
Los recreos eran mi tiempo preferido para terminar de copear las tareas y comerme algo, también solía mirar a los diferentes estudiantes que andaban por allí, -normalmente los más atractivos-; sin embargo a Ignacio este pequeño deporte no le parecía muy divertido, bueno él tampoco era el típico chico que miraba mucho a las mujeres, y cuando lo intentaba se ponía rojo, -lo sé, algo tonto para su edad pero yo siempre buscaba maneras de estropear su inocencia obligandole a mirar a las chicas-.
Allí estaba "el chico" paseando con su grupo, era el chico que había llamado mi atención desde mi llegada; era alto y delgado, tenía ojos azules y cabello marrón, tenía algunos pircing -normalmente eso no me parece muy masculino, ni atractivo, pero por él seguramente haría una excepción-, también tenía labios carnosos, y sobre todo, todos decían que era muy simpático.
- Hey... Hey, ¿Estás bien?... ¿alo? ¿me escuchas? -la voz de Ignacio a penas llegaba a mis oídos, eran como un murmullo lejano.
Mi miraba y mi atención la habían capturado mi futura presa; claro qué esto no era suficiente para detener a Ignacio de demandar atención. Un libro aterrizó en mi cabeza de golpe, casi tumbando mi té en el suelo. El chico me había estado mirando fijamente hasta justo en ese momento, al ver mi golpe con el libro se rió como loco, los de su grupo quedaron mudos sin entender que le sucedía.
-Dios que... que humillante... wow... adiós presa... - pensaba avergonzada por mi torpeza, al instante me volví furiosa buscando quién había sido el imbécil.
-Disculpa, no quería tumbar tu té, pero es que... como no me respondías, me impaciente -dijo Ignacio haciéndose el inocente.
- Te voy a matar... -le susurré mirándole con un odio fuera de lo normal. Ignacio enseguida se asustó sin entender bien que había pasado- ¿Por qué me había molestado tanto por el té?-.
- ¡Hola! ¿Qué hacen? -preguntó Maribel que apareció de la nada y cuando me fui a dirigir a ella, de una manera casi milagrosa Ignacio desvaneció de la escena del crimen.
- ¡¡Ahhh!!... Dios... tiene suerte de que seguirá con vida -musité al fijarme en su desaparición. Maribel me miró como si sufriera de esquizofrenia por un momento.
- Luego te cuento... ¿Y qué has hecho este recreo que no te he visto? -pregunté por preguntar, estaba todavía algo afectada por mi imposibilidad de conseguir quedarme con los chicos que más me gustan.
- Nada, sólo fui a sacar unas fotocopias de unos ejercicios para la siguiente clase -mi corazón se detuvo de golpe al escuchar "fotocopias de ejercicios para la siguiente clase", ahora si deseaba golpearme contra un muro sólo por diversión, ya que mi cerebro estaba temporalmente vacío, tal vez golpearme contra algo no me lastimaría, -¿Quién sabe?- pensé.
- Grandioso, otra cosa que se me ha olvidado hoy... creo que voy a tener que anotar todo lo que debo hacer más a menudo -me decía a mí misma, Maribel se rió un rato y me entregó una hoja. El timbre sonó fuerte y todos corrimos ha hacer filas.
- ¿Los ejercicios?.... me.. ¡Me los imprimiste! -dije con alegría, la abracé y sentí un aprecio profundo por tener amigos que comprendían lo despistada que tendía ser.
- Bueno en realidad te lo fotocopie, pero no te preocupes tanto, no eran tantas hojas -decía ella tratando de salvarse de mi alabancia a su persona.
Era clase de biología, me encontraba con el libro abierto haciendo los ejercicios de la hoja, teníamos que explicar algo sobre una planta - sólo Dios sabría exactamente que quería la profesora-, nunca me enteré bien de como nos evaluaba porque pasaba la mayoría del tiempo hablando con sus flores.
Maribel me hizo un gesto desesperado, pidiéndome en su extraña clave morsa que hiciese algo por ella, trató de mover la boca esperanzada de que la entendiera, pero yo no era muy buena para ese tipo de adivinanzas, terminó escribiéndome en una hoja.
-Necesito mi planta, pero me da miedo pedirle a la prof. que me deje ir a buscarla, ¿podrías buscarla por mi?- se leía claramente en la hoja. Mi primera reacción fue de asombro -¿como demonios pensaba ella que yo le iba a entender eso en señas o leyéndole los labios?-, mi segunda reacción fue la de una pesades en mi pecho; esa prof. odiaba casi a todo el mundo, incluyendome, y si quiera hablarle me provocaba terror, pero ya le debía a Maribel por mi fotocopia, tenía que cumplir con el favor.
- Disculpe prof. Mara, ¿puedo bajar un momento a nuestro salón? debo buscar mi planta que se me quedó abajo -su mirada penetrante me puso los pelos de punta, sabía claramente que quería matarme por interrumpir su clase.
-Apúrate -sólo dijo eso, como si fuese una mosca molesta, -¡Que miedo!- pensaba al salir de clases.
Bajé las escaleras del laboratorio, iba muy a prisa, temiendo que el monstruo que me daba clases me cerrará la puerta en la cara -eso no sería nada nuevo-. Saltaba escalones para llegar antes, y en uno de esos saltos tropecé.
No me había enterado bien de que pasó porque del susto cerré los ojos, sin embargo los brazos cálidos de un chico me hicieron abrirlos. Al parecer no me había caído del todo, había tropezado contra él y eso me salvó de darme una buena matada. Mis manos se posaban sobre su pecho, me alejé un poco avergonzada por haberle casi caído encima; mis ojos se agrandaron al ver quién había sido el chico.
- Ehmm... Hola... disculpa, yo... yo soy muy torpe -traté de explicarme. Él me miraba fijamente como si estuviese tratando de recordarme.
- ¡Ah! ya sé quién eres tú, ¿No eres la chica que le pegaron un libro por la cabeza? -preguntó con una sonrisa burlona en la cara. Mi vergüenza se había mezclado con un toque humillación e ira.
- Pues sí, ¿Qué? ¿Acaso te entretiene mucho burlarte de mi torpeza? si quieres aprovechas ahora, casi te tumbo por las escaleras... -le respondí entre risitas sarcásticas, yo estaba a la defensiva, odiaba su actitud, no me gustaba la idea de que se burlase de mí.
-No me lo tomes a mal, ¿vale?... Sólo para que sepas, a mí si me entretiene mucho mirarte -dijo de la nada con una sonrisa pícara; me dejó, metafóricamente, con la mandíbula suelta por asombro -¿Realmente le gustaba mirarme?, acaba de admitir que me solía mirar...- pensaba mi cabeza a la vez que trataba de arreglar mi camisa medio arrugada.
- ¿Te gusta mirarme? mmm... sabes qué dicen por ahí que tú tienes novia -le lancé una puntada, fui directa pero normalmente no me gusta estar con hombres que tienen novia. Él parecía seguro e imperturbable, mantuvo una sonrisa tan atractiva como provocativa.
- ¿Ah, sí? Bueno la gente dice muchas cosas, porque eso es mentira -dijo sin muchas vueltas y su manera de decirlo tenía como una invitación oculta que decía -¿acaso estas interesada en el puesto?-. -Yo hubiese apostado una fortuna que él iba a usar esa frase en ese momento si yo sé lo permitía-.
-Sí, es cierto que la gente inventa mucho, entonces tal vez será mentira también que tú eras muy simpático ¿no? -no estaba muy segura que jueguito jugábamos, pero estaba segura de que me entretenía bastante.
- No lo sé, ¿no te gustaría averiguarlo tu misma? -propuso él con bastante claridad. Yo no era tonta y sabía muy bien que se estaba acercando para robarme un beso, uno que la verdad no quería negarle.
- ¿¡Qué haces!? te estaba buscando por todos lados... ven -dijo una chica subiendo por las escaleras y jalandole del brazo, él se dejó llevar pero no paró de mirarme.
La presencia de la chica para mí fue como un baño de agua fría, no sólo por la confianza que parecían compartir, sino porque era precisamente una chica que odiaba desde que la vi y sabía, por su manera de mirarme en ese momento, que era un sentimiento mutuo. Sus ojos me dijeron -aléjate, él es mío-, y el mensaje estaba bastante claro, no tenía ni la menor duda.
Cuando bajaban las escaleras, la escuché llamarle por nombres coquetos y él le seguía el juego. Fuego parecía haberse formado en mi interior, un odio hacía él por patán y ella por ser mi enemiga. En aquel colegio era imposible encontrar una buena presa, todas eran atrapadas por perras hambrientas como aquella chica.
Mi enemiga era muy bonita, tenía ojos verdes y grandes, un cabello sedoso y caramelo, sus labios eran atractivos y rojizos, no poseía las mejores curvas pero su cara bonita la llevaba lejos. Se llamaba Gabriela, como la detestaba, ella y su voz pedante y chillona, típica mujer que se cree el centro de atención.
Casi grité en mitad de las escaleras. Aún no había buscado la planta. La prof. Mara me iba quemar viva con toda seguridad -adiós dulce vida- pensaba al regresó a clases de biología con la planta en mano.
viernes, 20 de agosto de 2010
La Ninfa del Bosque, Capitulo Adam en el bosque
En su bella mirada amarillenta descubrió nuevamente lo que era amar. Fue un destello repentino, como un rayo cegador que la dejó anonadada. Y en su risa, tonta y escandalosa, vio una inocencia casi juvenil.
Añoró con todas sus fuerzas que la amara de vuelta tal criatura tan preciosa. tan peculiar. Aunque la verdad es que no podría hacerlo... ¿él amarle a ella?, era imposible, una fantasía, una catástrofe.
Él miraba correr el agua del río, salpicaban gotas frías contra las rocas en su camino. Era un fuerte soldado, por lo menos, eso decía él. Ella no había comprendido bien el concepto de soldado, él tuvo que explicarselo de una manera simple; él se encargaba de proteger a algo o alguien, como una dinastía. Relena no conocía el significado de dinastía y él no parecía poseer gran paciencia para explicarle.
Sus heridas habían mejorado notablemente desde que lo encontró junto al río. Aún se encontraba débil, pero la llaga sangrante que había padecido era ahora inexistente, ni horribles marcas habían quedado en su piel; gracias a su medicina, ella lo había salvado de una muerte segura.
Lam se mantuvo al margen de todo, no quería estar cerca del humano. Relena lo había desobedecido, había salvado al posible causante del incendio en el bosque y cuidado de él con cariño. En una lejana colina, Lam los observaba a ambos, charlando junto al río, la pequeña y elegante figura de Relena y la robusta forma del humano a su lado. Angustia martillaba en su pecho como una daga.
Añoró con todas sus fuerzas que la amara de vuelta tal criatura tan preciosa. tan peculiar. Aunque la verdad es que no podría hacerlo... ¿él amarle a ella?, era imposible, una fantasía, una catástrofe.
Él miraba correr el agua del río, salpicaban gotas frías contra las rocas en su camino. Era un fuerte soldado, por lo menos, eso decía él. Ella no había comprendido bien el concepto de soldado, él tuvo que explicarselo de una manera simple; él se encargaba de proteger a algo o alguien, como una dinastía. Relena no conocía el significado de dinastía y él no parecía poseer gran paciencia para explicarle.
Sus heridas habían mejorado notablemente desde que lo encontró junto al río. Aún se encontraba débil, pero la llaga sangrante que había padecido era ahora inexistente, ni horribles marcas habían quedado en su piel; gracias a su medicina, ella lo había salvado de una muerte segura.
Lam se mantuvo al margen de todo, no quería estar cerca del humano. Relena lo había desobedecido, había salvado al posible causante del incendio en el bosque y cuidado de él con cariño. En una lejana colina, Lam los observaba a ambos, charlando junto al río, la pequeña y elegante figura de Relena y la robusta forma del humano a su lado. Angustia martillaba en su pecho como una daga.
— ¿Hay otras mujeres como usted en este bosque? —preguntó el humano con curiosidad, se incorporaba del suelo y sacudia las hojas atrapadas en sus pantalones.
— Mujeres... ¿mujeres?... ¿Qué es mujeres? —ella se notaba confundida y desorientada con la pregunta, pero esto no le sorprendía a él, ella la mayor parte del tiempo le parecía perdida y desorientada, como si la chica hubiese vivido toda su vida en una burbuja, o pensándolo mejor, en ese bosque. Era un milagro que siquiera hablara su idioma.
— Olvida la pregunta.... por cierto, mi nombre es Adam Chevalier ¿y el suyo? —era la primera vez que lo escuchaba hablar tanto, la mayor parte del tiempo había estado inconsciente o delirando en sus sueños, la enervaba un poco lo conversador que parecía su compañero, nadie en el bosque había querido charlar tanto con ella como él.
— Relena... me llamo Relena... —se acercó lentamente, le gustaba mirarla, mirar sus delicados ojos llenos de pureza y sus labios carmines, era una joven extraña, demasiado extraña. A penas llevaba ropa, unas pieles cubrían su cuerpo, Adam no sabía como reaccionar ante tanta falta de sentido común.
— Temo que pertenecemos a mundos totalmente diferentes... no debo permanecer mucho tiempo aquí o me creerán muerto —desvió su mirada y se paró en seco. Era difícil no pensar las cosas que pensaba, era bastante difícil no sentirse atraído por ella.
— ¿Mundos diferentes?... si tienes toda la razón, pero no sabía que supieras que yo... Bueno, supongo que debes marcharte pero ¿cuando? aún esta muy débil —la observó en silencio de nuevo, en su pecho ardía un sentimiento totalmente desconocido, tal vez era un deseo descontrolado, tal vez era más que eso. Verla en su totalidad, ella, un ser inocente, ignorante del mundo exterior, hermosa y cariñosa; todo esto lo hacía sentirse atraído, seducido por completo por el misterio de ella, por su simple belleza, por su natural amabilidad.
Ella lo dejaba a solas en la cueva por las noches, se desvanecía entre los arboles, no regresaba hasta el amanecer y eso le preocupada. ¿Pensaría ella que él deseaba aprovecharse de su inocencia? ¿o sería que existía otro refugio en donde ella descansaba?... Relena no le había revelado nada aquel día, sólo le había mirado con curiosidad, como si él fuese un ser de otro mundo, que a lo mejor lo era para una joven que vivió toda su vida en el bosque. Deseaba llevársela consigo, llevarla a su mundo, ha aquel mundo civilizado en el que la presencia de Relena brillaría como un diamante en bruto.
En la colina, reposaba aún Lam, y a su lado, Relena se bañaba en la luz de la luna; su cabello rubio y su iris azul se tornaron color negro bajo la noche fría.
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