La mansión ardía en llamas entre la oscura penumbra, su intensidad le lastimaba los ojos. No obstante, no podía desviar la mirada ni por un instante. A su lado, permanecía él tan hipnotizado como ella, ambos cautivados por el espectáculo de fuego danzante.
— Rora... se está incendiando todo —musitó con calma más para sí mismo que para ella. Aún manteniendo sus miradas clavadas en el suceso.
Ella no le respondió, absorta en la emoción del momento, mientras una extraña excitación recorría su cuerpo, y llenaba su vacío más allá de lo hubiese podido imaginar. Aspiraba aire, pero era en vano, no sentía sus pulmones llenarse, y al acelerar su respiración, se encontró inmersa en una desesperación arrebatadora por lanzarse a esas llamas.
— Rora... —logró escuchar ésta de entre las oleadas de delirio. Notó que estaban sucios, cubiertos de cenizas que bailoteaban por el aire.
— Hmmm... ¿sí? —él la miraba consternado. Extendió su mano hacia ella, y con delicadeza limpió la mejilla de ésta.
Levemente giró su mirada hacia el joven a su lado, encontrando en su rostro lleno de hollín un dolor que la sobresaltó, deseo poder consolarlo. Sin embargo, se sentía confundida por su reacción, puesto que él sufría y ella no. La mansión ardiendo en llamas era lo más hermoso que hayan podido presenciar, entonces ¿por qué sufrir?.
— ¿Estás llorando? —preguntó él angustiado, atrapando las pequeñas lagrimas entre sus dedos.
No eran lagrimas de tristeza, eso ella ya lo sabía, era sólo el fuego que hacía sus ojos arder.
Antes de todo aquello, la mansión había sido su santuario, su refugio. Ahora se había reducido a desechos del fuego, y esperanzada, anheló que el Conde estuviese entre esos desechos. Se imaginaba su figura siendo devorada por las llamas hambrientas. La idea hizo que surgiera una sonrisa en su rostro.
— Él era todo lo que yo conocía... pero ahora somos libres...¿Qué será de nosotros ahora? —Desvió la mirada al suelo, y se desparramó en el. Rora sólo lo observó sufrir, mas no compartía aquel dolor.
— Nunca seremos libres... pero ahora tu ocuparas su lugar... serás su heredero, serás el maestro, serás el Conde —musitó ella mirándole con una sonrisa, y en su rostro sólo halló terror y comprensión.
Un golpe la alarmó, antes de que pudiese descubrir de donde provenía, se cayó al suelo. Abrió los ojos, y se sentía agotada. Su habitación estaba muy iluminada por el sol, y su cama estaba echa un desastre, las sabanas estaban por el suelo, donde ella, casualmente, estaba también. Intentó incorporarse, pero el dolor en su cabeza lo impidió.
Cerró sus ojos por unos instantes y acarició el bulto que tenía en la cabeza, unas imágenes surgieron en su mente de una mansión en llamas, y luego un hombre llorando. Un escalofrío la recorrió, y sintió ganas de vomitar.
Estaba sola en su habitación, y la casa parecía estar en silencio. Tal vez Nana y la tía Delilah fueron al mercado, pensó ella. El tío Charles estaría abajo dando clases, y el abuelo estaría en su estudio leyendo en silencio.
Ahora frente a su peinadora, se preguntó que eran esas imágenes. Tenía la sensación de haber soñado algo, pero le costaba recordar. Sin embargo, se dio por vencida, y cogiendo su peine comenzó a cepillarse la cabellera.
Una vela, junto al retrato de su madre, se marchitaba despacio, ella la había encendido la noche anterior. En ese momento, era solo una pequeña llama que se extinguiría pronto. Su luz rojiza y morada la capturó. Y perdiendo toda conciencia de su alrededor, clavó su mirada en ella hasta ver entre sus curvas danzantes la silueta de algo.
— Rora... Rora... Rora, ¿Dónde estás? —susurró una voz muy familiar. Y la llama desvaneció.
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