jueves, 25 de marzo de 2010

Capítulo El Conde Lobachevski

La mansión rechinaba en las noches. El sol desapareció bajo el horizonte, la ciudad calló en un silencio profundo, el silencio de la media noche.

El tic toc de su imperioso reloj le recordaba la hora. Sí… era la hora. Postrado en una silla con su cabeza echada para atrás descuidadamente.

Bajo la luz de las velas, en la penumbra de la biblioteca su ser perdido contaba los segundos, estrechando su mano lentamente rozó con la punta de sus dedos las teclas del piano. Una corriente de éxtasis recorrió su cuerpo, vibrando sus labios respiró con dificultad, gruñó al estremecer sus extremidades. Le encantaba el piano, apenas pensar en tocar le emocionaba. Se incorporó perezosamente de su sillón.

En su biblioteca había estanterías repletas de libros polvorientos y muebles aterciopelados. La chimenea estaba apagada, sólo había unas cuantas velas dispersas al azar. No había nadie más en su mansión, sólo él…

— Tranquila pequeña mía, tranquila…sshh… —le dijo al piano pero no dirigiéndose a él.

— ¿Recuerdas? Recuerdas esa velada…mmm… yo recuerdo, recuerdo tanto tu expresión —musitó en su soledad.

Se sentía tan excitado, por primera vez en mucho tiempo su cuerpo clamaba por una liberación divina. Todavía sentado en su sillón, le sonreía con picardía a la nada.

— No tengas miedo… no, amada mía, ven conmigo…sshh… sólo ven —dijo con un tono seductor, incorporándose caminó unos pasos atolondrados hasta salir de la habitación, aún murmurando palabras amorosas.

Parado frente a un pasillo escarlata iluminado tenuemente, en él rechinaba la madera a su paso. Al adentrarse en el pasillo apoyaba sus manos contra las paredes para mantenerse en pie. Se detuvo ante las escaleras del sótano, su umbral era tan sombrío que los escalones parecían desvanecer. Él no le temía a la oscuridad, todo lo contrario, le daba la bienvenida.

Las sombras cubrieron todo, sus pasos hacían eco al bajar, un olor a humedad y putrefacción llegó a sus narices, y en el denso silencio se escuchó un gemido.

Una deliciosa emoción lo capturó. Escuchó de nuevo un leve gemido. Bajó más de prisa, sin poder controlar la adrenalina en sus venas.

El sonido... ese sonido...

Gemía la criatura en una esquina. Sólo se visualizaba la silueta de la joven, su ropa sucia y desgarrada, la mitad de su rostro cubierto por su cabellera. Miraba al infinito y en sus ojos el reflejo de un vacío eterno.

Al intuir la presencia de su opresor, su cuerpo tembló bajo los harapos sucios que lucía. El hedor a orina y excrementos inundaba el sótano.

Él sonrió al observar su bella presa, la pestilencia que la rodeaba inyectó más ardor a su pequeño juego. La quería tanto, no podía ni mirarla sin sentir una pasión descontrolada. Trató de acercarse.

Sin embargo, ella se arrastró con desespero. Pegándose a la pared de piedra comenzó a rasgarla con sus uñas desgastadas y sangrantes.

— Shh... tranquila... Sé que te he dejado mucho tiempo sola... Lo sé... me imaginé que te hacía falta —dijo dulcemente.

Admiraba lo hermosa que era, a pesar de toda aquella suciedad él pensaba que permanecía tan pura, tan virginal. Ella pareció no escucharle, pero no le importaba que lo escuchase.

Él se dirigió a otra esquina, donde se encontraba un balde lleno de agua mugrienta. Botó el agua en una alcantarilla y llenó el balde de agua limpia. Guardaba bajo las escaleras una pequeña bañera, la arrastró hasta tenerla frente a ella. Tomó el balde de agua y llenó poco a poco la bañera.

La chica lo observó con curiosidad, extrañada por lo que hacía.

— ¿Por qué te sorprendes tanto? tu eres mi amada, mereces asearte hoy —se acercó a ella sin que ésta se percatase de lo que haría.

Arrancó con brutalidad el resto de sus ropas, dejándola completamente desnuda. Ella temblaba de temor y tapándose los ojos sollozó.

— Sshh... tranquila querida mía... ven acá —acarició su cabello con cariño mientras tarareaba una canción.

Ella era muy joven, él adivinaba que unos quince o catorce años debía tener. Le gustaba mucho mimarla, verla tan acorralada en su propio miedo y se deleitaba cuando ella se estremecía al ser tocada.

Colocando sus manos despacio alrededor de la niña, la cargó tranquilamente hasta la bañera. Ella no puso ninguna resistencia, parecía haber caído nuevamente en un trance de desesperanza. Él tomó una esponja, mojándola repetidas veces en el agua cálida comenzó a pasarla por el cuerpo de la chica.

Recordaba los otros amores que había tenido, todas fueron hermosas y jóvenes, pero ésta era la más joven que había tenido jamás. Sus pequeños pechos y delicado cuello, costillas endebles y extremidades flacuchentas; eran un encanto. La primera vez que la golpeó, ésta no lloró tanto como la segunda, le gustaba eso; cuando trató de cortarle los deditos de los pies, ella luchó tanto que se los cortó todos al final, allí fue cuando el juego se puso divertido.

No quiso privarla de su inocencia, aún era tan virgen como el día en que la raptó. A veces pensaba que sería entretenido apuñalarle el vientre, como había hecho con muchas otras, pero resistía, era muy pronto aún.

— ¿Te ha gustado el baño, mi pequeña? —.La secaba con una toalla.

Ella no respondía, había dejado de hablar desde el segundo día de su llegada. No obstante su mirada perdida hablaba por ella.


La llevó hasta arriba, hasta su biblioteca. No la había vestido, ni pretendía hacerlo. La sentó en el sofá de terciopelo y se arrodilló a su lado. Tarareándole de nuevo una canción la acarició. Sus labios besaron aquellas manos temblorosas.

Con un fragmento de tela le ató una mano al mueble, sus pies los ató juntos con mucha fuerza. Revisó los nudos para asegurarse de que estuviesen bien atados. Ella estaba demasiado sumisa, a lo mejor ya se había dado por vencida.

De su bastón imperioso desenvainó una espada corta. Ella no lo vio en un principio, pero al observar el filo rozar su piel, ésta enloqueció.

Chilló desesperada, sacudiéndose de un lado a otro, mientras la espada rasgaba un poco la superficie de su piel.

— Sshh... Calla querida... Sshh calla... que si no te tranquilizas no lo disfrutarás —dijo entre suspiros de anhelo.

Ella se tranquilizó, su mirada posada en el filo cambió de un temor alocado a una serenidad absoluta. Un par de lágrimas corrieron por sus mejillas. Sus ojos nuevamente reflejaron un vacío eterno.

El filo pintaba pequeñas líneas rojas alrededor de su ombligo. Lamió un poco las heridas con un deseo descontrolado. Era tan excitante aquella piel caliente bajo su tacto, al igual que bajo el tacto de su espada.

Cogió en su puño un seno que acarició lentamente, entre jadeos de éxtasis acercó la espada y cortó con suavidad la piel de aquel pecho. No fue muy profundo al principio pero poco a poco fue aplicando más fuerza, no paró su tarea hasta que del pecho de la niña brotase cantaros de sangre.

Se alejó un poco, ella seguía viva o eso parecía, le miraba de una manera indescriptible, tal vez era terror.

Estaba cubierto de sangre, no lo había notado, pero todo aquello se sentía muy bien. Se sentó frente al piano, tocó una, dos y luego tres teclas; sin poder evitarlo quedó envuelto en un ferviente frenesí. Sus manos se movieron por si solas a través de las teclas; la música resonaba fuerte en sus orejas, era todo lo que escuchaba, era todo lo que había, nada reemplazaría esas deliciosas notas que venían una tras otra.


Ya la había apuñalado varías veces, sangre corría de ella como un río sin fin. Ahora no era tan pura, ni virginal, se sentía algo apenado consigo mismo por no poder resistir el arrebatarle aquello, pero a la hora de cortarle las costillas supo que no habría vuelta atrás.

Pobrecilla pensaba él al limpiarle la cara al cadáver, removió con sus dedos algunos coágulos enredados en su cabello.

— Pobre niña, pobrecita... como te quise mi pequeña belleza —musitaba al rozar sus manos contra los labios de ella.

jueves, 4 de marzo de 2010

La Ninfa del Bosque, Capitulo El baile de la ninfa

La dulzura de aquellos ojos capturó su atención. Ella parecía ser una luz que irradiaba sobre todos. Era hermosa como ninguna, joven de ojos claros y cabellera rubia. Caminaba entre los aristócratas con una elegancia singular. Algunos se fijaban en ella, otros la ignoraban.

Él era el centro de atención de todo, el suyo era ella. Estaba sentado en su trono, su mirada no podía despegarse de aquella joven de vestido platino y voluminoso.

No se atrevió a levantarse de su puesto, no quería perturbar el ambiente, si se acercaba a ella todos se alarmarían —las viejas chismosas cotorrearían y las jóvenes la envidiarían— si se acercaba el balance de la situación quedaría arruinado.

—Su Alteza, ¿le entretiene el baile?- Dijo la Marquesa Hallinan con su rostro lleno de intriga. El polvo blanco de su cara la hacía parecer tan pálida como un fantasma sin embargo sus labios pintados de rojizo intenso la hacía parecer más un bufón.

Él se sentía algo repelado por los colores intensos del atuendo de la Marquesa, no le gustaba mucho su constante atención, lo fastidiaba tanto esa mujer que a penas tenerla cerca lo hacía perder la paciencia, no pudo ni mirarla sin sentirse sofocado.

—Su Alteza no esta muy hablador hoy… ¿Será que no ha dormido bien?- Dijo con curiosidad, "la muy chismosa" pensaba él con desagrado.

Apartó su mirada de aquella criatura devota a su ser y la fijó nuevamente en la belleza. Ella seguía caminando entre las personas, algo perdida tal vez o quizás buscando a alguien.

Danzaban sus súbditos frente a él hermosamente al ritmo de la música que tan animada permanecía, los músicos en una esquina del salón tocaban con destreza y sus notas resonaban contra los grandes muros de la sala.

Toda la sala estaba envuelta en colores dorados y rojos, ya fueran las cortinas enormes sobre las ventanas a lo largo del salón, la alfombra que llevaba de la entrada a su trono o los manteles donde reposaban los aperitivos. A la luz de sus arañas de cristal brillaba la velada en su esplendor.

Él le hizo señas a su mano derecha, siempre estaba en su puesto para cuando lo solicitara el rey. El hombre se acercó discretamente a Su Alteza. Era un hombre alto y fuerte, con cara cuadrara y rasgos bien marcados. Se inclinó a un lado del rostro del rey, esperando con paciencia las órdenes de su amo y señor.

— Esa criatura tan hermosa que ves allí… ¿Quién es?— preguntó haciéndole un gesto disimulado con la cabeza. Su asistente se giró levemente y sin mucha dificultad pudo posar sus ojos en la mujer que había capturado la atención de su Alteza.

— Lo averiguaré, su Alteza.— dijo con toda confianza. Su mano derecha conocía bien al rey, sabía que esta mujer podría ser más que un capricho de media noche.

La Marquesa los observó detenidamente, le inquietaba lo poco interesado que estaba el rey en ella, ¿sería que no se colocó suficiente maquillaje? ¿O podía ser que hay alguna rival?... Inspeccionó el salón con la mirada, habían muchas mujeres hermosas pero ninguna se atrevería a desafiarla ¡el rey era suyo y nada más! Una sonrisa triunfal se pintó en su rostro, nadie le quitaría su Alteza.

Bajo las ramas de los árboles floreados ella se recostó, su vestido pesaba y le dolían los pies, pero la noche era hermosa. La luna brillaba con su color platino y las estrellas habían desvanecido, sólo quedaba el oscuro cielo nocturno.

Mechones de cabello rubio le molestaban el rostro, los removió de su cara como acostumbraba hacer. Cerró sus ojos por unos instantes saboreando el roce del viento. Su mente quedó en blanco, de alguna manera, en aquel momento de intimidad, lograba recordar algo sobre su pasado que antes no recordaba, diversas imágenes vinieron a su cabeza. Un bosque húmedo y verde, flores a sus pies y cánticos naturales…De pronto unas llamas rugieron detrás de ella, se volvió sólo para hallar una gran fogata. Su luz incandescente la cegaba pero la llenaba de una sensación de calidez. En su interior nacieron deseos de danzar, y eso mismo hizo. Bailó entorno al fuego perdida en un delicioso trance.

Su cabello bajo la luz de luna se tiñó negro y sus pupilas oscuras cubrieron el azul de su iris...

— ¿Se encuentra bien?— dijo una voz a sus espaldas. Ella se volvió. Al instante todo el bosque desapareció, la fogata y su calor desvanecieron. Quedó algo desorientada frente a su interlocutor.

Él llevaba rato observándola, admirando su figura danzante alrededor del jardín, como un ser divino. No se había atrevido a interrumpirla, ella sóla se detuvo y él no pudo más que hablarle. Ahora que estaba frente a ella, se sentía como perdido en un hechizo, fascinado por la belleza de la mujer.

Relena no lo reconocía, aún mareada por esa extraña visión. Observó al hombre, era muy atractivo, parecía propagar un aura seductora que hizo sus piernas temblar. ¿Quién era aquel hombre? ¿Y por qué su figura fornida la intimidaba?...Su mirada ámbar chispeante de carisma no reservaba comentarios mientras que la de ella los ocultaba.

— Disculpa... no debería estar aquí.— dijo a toda prisa haciendo ademán para marcharse. Él la retuvo, tomó la mano de la damisela y la acercó a sus labios.

No la iba a dejar escapar, no después de haberse liberado de la atención aristocrática. Aquel momento tan oportuno era suyo y nadie, ni ella, se lo quitaría.

Ella quedó atónita ante el roce de aquellos labios contra su piel, sentía como las capas de sus defensas se desmoronaban ante el dulce tacto de aquel hombre.

Él besó aquella mano con todo detalle, primero la palma, luego los dedos, la muñeca... Ella retiró su mano, lo miró con seriedad sin decir palabra. El hombre mantuvo una encantadora sonrisa mientra Relena se armó de coraje para preguntarle sobre su identidad y que buscaba de ella...

— ¡Su Alteza! ¡Alteza!... ¿Dónde está?— preguntó una voz por el pasillo, la sombra de una mujer se asomaba en la cercanía.

La sonrisa del hombre desapareció. Relena paró en seco observando al hombre frente a ella ¿Él era el rey? ¿Ese hombre tan atractivo que coqueteaba con ella, era el rey?...

Él le regresó la mirada, mostrando sólo agonía ante aquella voz que se acercaba cada vez más. Suspiró de pena, haciéndole reverencia a la doncella se dirigió a aquella voz impertinente que lo llamaba. "¡Maldita seas Marquesa! debería mandarte a la horca por esto" refunfuñó en su mente el rey al caminar de vuelta al baile.